— En el órden espiritual, hija mia, contestó el Abad, cada individuo busca la senda que le conviene, y se adapta á su índole; la austeridad tiene la que le es propia; la alegre mansedumbre tiene la suya. Guárdese esta de no mirar con respeto á aquella, y aquella de menospreciar la otra; y considere la azucena, que si es mas blanca su túnica y mas dulce su fragancia, es la negra cúspide del austero cipres mas fuerte y mas elevada.
— ¿Lo aprobais, pues?
— ¿No lo habia de aprobar, hija mia?
— ¿Y acaso hariais otro tanto?
— No.
— ¿Lo aconsejariais?
— Tampoco.
— ¿Porqué no, aprobándolo?
— Porque el efecto que causase en índoles débiles y suaves, que rechazan lo tétrico, no seria el que causa en la persona que por propia y espontánea inspiracion lo elige. Pero entre todos los atrevimientos, el mas general en los hombres, y el mas punible, es el de querer ser jueces, no solo de la conducta, pero hasta del sentir ajeno. La libertad de sentir sí que es un sagrado derecho del hombre. Dejar á cada cual dirigir sus propias tendencias en el órden espiritual, siempre que no salgan de la senda del bien, es una sagrada obligacion; pues esa intervencion que nos arrogamos en el sentir ajeno, esa ridícula é indebida fiscalizacion, es un despotismo insolente, es un mal grave, y una temeridad chocante y anómala en un siglo donde tanto se proclama, se ostenta y se abusa de la libertad del pensamiento.