No conocia D. Martin el cambio que por grados se habia efectuado en Pablo, ni era capaz de comprender el punto de cultura á que le habian ascendido la enseñanza de los libros, la direccion de su tio y la influencia del amor hácia una mujer como Clemencia. Los primeros habian enriquecido su entendimiento; la segunda formado su juicio y su gusto, y el tercero ennoblecido y afinado sus sentimientos, dotes que unidos forman la cultura de alta esfera de que muchos presumen y á que pocos alcanzan. Así era que seguia ejercitando en él su facundia, benévolamente denigrativa; era este un desahogo natural en D. Martin, de que todos eran víctimas, ménos su mujer, su hermano y su Malva-rosa.
Pero con quienes esto subia á su apogeo, era con las viejas pordioseras, las que tenian á D. Martin constantemente sitiado. Habíalas entre estas sumamente insolentes, y los coloquios entre ellas y D. Martin eran seguramente dignos de haber sido recogidos por un taquígrafo.
Figuraba entre las primeras una tia Latrana que ya conocemos, á quien D. Martin no podia sufrir por lo osada, exigente y desagradecida; lo que no impedia el que siempre la estuviese socorriendo. Llamábala D. Martin la baratera de las viejas de Villa-María. Era este femenino Cid, chica, delgada por naturaleza, y enjuta á un tiempo por su mal genio y por los años. Tenia los ojos tiernos, pero la mirada arrogante; su boca se habia sumido como para hacer mas notable la prominencia de su picuda nariz, que era de aquellas de que se suele decir que pueden servir para sacar espinas.
Databa la ojeriza que la tenia D. Martin, de una ocasion en que un sobrino de ella, que era un calavera de lugar, muy listo, muy despierto, vicioso y pendenciero, habiendo caido soldado, habia venido su tia á empeñarse con D. Martin para que lo libertase; en cuya ocasion tuvieron el siguiente diálogo:
— Señor, dijo la tia Latrana, haciendo las mas espantosas muecas y dando los mas furibundos soponcios, á mi Bernardo le ha tocado la suerte.
— Que manden repicar, contestó D. Martin.
— Señor, no sea su mercé asina, y tenga compasion de su prójimo. Me envía aquí el alma mia á decirle á su mercé que le dé los dineros para pagar un préfulo; mas que sean prestados; que él se los pagará á su mercé con puntualidad en cuantito saque á la lotería.
— ¡Miren la hipoteca! Vaya con el mostrenco ese, que es como los plateros, que barren para adentro! de casta le viene al galgo el ser enjuto y rabilargo. ¡Vea Vd., prestados! Todavía me está Vd. debiendo el dinero que me pidió para sembrar el habar; ¿y ha soñado Vd. acaso en pagármelo?
— Señor, el que no tiene, ni paga ni niega.
— ¡Hola!