— ¡Pues si es verdad, señor!... al que no tiene, el rey lo hace libre.

— Pues en cambio, al que no tiene, le hace el rey soldado; ainda mais; su sobrino de Vd. no tiene oficio ni beneficio; es un vago, no es del campo ni del lugar; á esos flojonazos costillones, que se pasan la vida sosteniendo las esquinas, les viene la casaca como el aceite á las espinacas.

— ¡Flojonazo mi Bernardo! ¡Señor! Pues si es mas vivo y mas dispuesto que un ajo.

— Sí, sí; señor Corrin, que corriendo va, que siempre corriendo y nunca hace na.

— Señor, no se chancee su mercé; sino vea de libertármele, como hizo con el hijo del tio Gil.

— ¡Yo libertar á ese arrapiezo! ¡En eso estaba pensando! ¿Y va Vd. á sacar á Gil, que es criado honrado de la casa desde que Adan pecó? Pues dígole á Vd.... Bastante me cuesta Vd. ya con cada enfermedad que le costeo, que canta el misterio.

— Señor, por eso no se apure su mercé, que ahora estoy tan buenecita y tan gordita...

— ¡Gorda, sí! Parece Vd. el espíritu de la glotura.

— Señor D. Martin, considere su mercé que mi sobrino, el probecito, está malito de la desazon.

— Mejor; que hijo malo, mas vale doliente que sano.