— ¡Qué! añadió la tercera, es un uniforme viejo de su marido, huele á pólvora francesa y está picado.
— Y ella tambien; ved los ojos que nos echa.
— ¿A que le echo yo en cambio un requiebro? dijo Paco Guzman, que era un jóven bien parecido, de una noble y pudiente casa de Estremadura, de muchas luces, muy vivo, muy ligero de sangre y algo aturdido, que ocupaba el primer lugar entre los apasionados de Alegría.
— Cuidado, observó esta, que Doña Eufrasia es de las que dicen una fresca al lucero del alba, y se quedan preparadas para otra.
Pero Paco Guzman no la atendia, porque se habia acercado á la abrigada señora, y le decia:
— Mi Coronela, hasta hoy no he comprendido toda la admiracion y todo el efecto que puede causar la Moscovita sensible.
— Pues por mí, contestó la requebrada, no acabo de comprender las pretensiones que teneis vos de pertenecer á los Guzmanes Buenos, no teniendo un pelo de bueno. Bien hacen los Medinacelis, así como todo el mundo, en no reconoceros por tal.
Con esta frase de doble sentido, como una espada de dos filos, hacia Doña Eufrasia alusion á las pretensiones nobiliarias de la familia de Paco Guzman, que aunque fundadas, eran contestadas por personas que para hacerlo no tenian datos ni convicciones, y lo hacian solo por el espíritu de hostilidad que vive y reina.
— La ventaja que nos llevan las ilustraciones modernas, contestó Paco Guzman, es la de tener su orígen á la vista de todos, y no podérseles contestar, en particular si datan de la guerra de la pendencia.
— ¿Qué se entiende? gritó furiosa la guapa guerrillera. ¡Poner apodo á la guerra del frances, que ha admirado al mundo entero! Marquesa, te digo que las cosas que se oyen en tu casa son tan escandalosas, que no la volvería yo á pisar, si no fuera por...