— ¡El chocolate! dijo un criado presentándole una jícara de chocolate y un plato de bizcochos, segun acostumbraba hacer desde tiempo inmemorial, cuando á la noche veia entrar á la amiga de su señora.

— Juan, dijo Doña Eufrasia, tomando el pocillo y mudando de repente de tono, díle á la cocinera que ayer no estaba bastante hervido el chocolate; no son tres veces, sino cuatro ó cinco las que tiene que subir, y es preciso despues de hecho, dejarlo reposar; y á tí te advierto que anoche no eran los bizcochos del dia; ten cuidado, no te engañe el confitero.

CAPITULO III.

Como hemos dicho ya que los apuros en la Marquesa, eran como las Dignidades eclesiásticas en las procesiones, esto es, que las menores pasaban ántes que las mayores, habia esta señora omitido en la enumeracion de apuros que confió á su amigo D. Silvestre, el mayor de ellos, del cual es preciso poner al corriente al lector, para la claridad de este relato.

Su hermana, que era madrina de Constancia, le habia escrito acerca de un asunto que traia entre manos. Era este el casamiento de su sobrina y ahijada, que habia contratado con el hijo de un Grande de España, íntimo amigo suyo, asegurándole su herencia entera en los contratos. Este enlace le habia seducido tanto mas, cuanto que el novio, que llevaba el título de Marques de Valdemar, era un jóven de mucho mérito, de muy buena presencia, y de unos modales tanto mas finos y simpáticos, cuanto que distando igualmente de la arrogancia pretenciosa que del tono desdeñoso (es decir, no teniendo el afan de copiar á los franceses ni á los ingleses), eran españoles netos. Este bello tipo, lo decimos con dolor, se va haciendo raro, pues los mas frecuentes, y sobre todo los que mas se ponen en evidencia, son los que afectan un estranjerismo chocante, ó un españolismo grotesco y chocarrero.

La Marquesa habia hablado sobre este asunto á Constancia, y con asombro suyo la habia hallado muy mal dispuesta para este ventajoso y brillante enlace. Esta rareza sobrepujaba á todas las de su hija Constancia, y era una de las causas de su profunda indignacion contra la denominacion de perlas, que daba muy gratuitamente D. Silvestre á las niñas, Verdaderamente no sabia la pobre señora qué hacer, al ver que á pesar de sus reflexiones, consejos, súplicas y anatemas, estaba su hija cada dia mas firme y decidida en su negativa, no atreviéndose á escribírselo á su hermana por temor de incomodarla, sabiendo que era poco amiga de contradicciones, y temiendo que viéndose desatendida desheredase á su ahijada.

La Marquesa, que no tenia nada de lince, no buscaba ni veia mas causa á la negativa de su hija, que sus rarezas y la gran indocilidad de su carácter; pero en realidad existia otra.

Dos años ántes habia venido destinado á Sevilla un jóven artillero, pariente de la casa, llamado Bruno de Vargas. Era este un jóven, grave por carácter, y metido en sí por tempranas desgracias de familia. Cuando llegó, tenia veinte y tres años, y Constancia diez y siete; y desde entónces se amaron.

Como en el carácter de ambos habia la fuerza, la energía y la pasion de una edad ménos tierna, resultó arraigarse en sus corazones ese amor español, firme y profundo, ménos efervescente quizas que los no meridionales, pero que no cambia, no desmaya, no se distrae; tan arraigado, que llega á tener el arrastre de una dulce costumbre, tan entero y esclusivo, que basta para llenar una existencia, así como un solo corazon basta para llenar un pecho.

La absoluta imposibilidad que existia en el enlace del jóven subalterno y la hija de la Marquesa de Cortegana, los habia llevado á ocultar profundamente sus amores, por no verlos combatidos. Contaban con el tiempo, que tanto hace y deshace para allanar dificultades; con su constancia, para vencerlas, y con la esperanza, para vivir entre tanto tranquilos y contentos. La esperanza no siempre tiene palabra de rey, pero sí tiene siempre consuelos de madre. Asistia Bruno de Vargas como uno de tantos á la tertulia de la Marquesa, sin que nunca hubiese mediado entre ellos mas coloquio que este.