— Señora, contestó D. Martin, para mí es Vd. hoy tan real moza como lo era el dia en que me casé.

— Pues para mí eres un anciano, Martin, repuso su mujer; y como estos me agradan, has acertado en envejecer.

— Pues, señora, así todo está bien y al gusto del monarca; y yo mozo ó viejo, siempre dispuesto á hacer lo que me mandeis, contestó el galante marido. Pablo, hombre, ni bebes ni comes: no parece sino que te han dado garrote. ¡Mire Vd. eso... que digiere tantos libracos, y no puede digerir un toston! Cada vez que recuerdo aquel comer infinito tuyo... Pues eras hondito para engullir: tanto que solia decirte yo: coma Vd. señor Vicente, pero cuidado que no reviente. ¡Y ver que ahora no te comes en una semana lo que entónces te comias de una sentada!...

— Martin, dijo Doña Brígida; cuando tanto comia Pablo, era en las temporadas que nos venia á ver; de esto hay diez años; entónces estaba creciendo; y es sabido que cuando crecen, comen mucho los muchachos.

— Y cate Vd. ahí por lo que creció como la yerba; que crece de noche y de dia, dijo D. Martin.

— Ello es que en todo te has de meter, Martin; hasta en si comen mas ó ménos las personas sentadas á tu mesa.

— Señora, es porque la boca española no se puede abrir sola; y no me gusta comer con gentes que tengan enginas: no me sabe la comida con tanto desganado. Mas á gusto comia yo cuando Pablo se ponia á engullir, que era menester silbarle para que parase. Entónces tambien dormia el sueño de San Juan, que duró tres dias; y mas profundo que una sima; de manera que eran menester los clarines de la ciudad para dispertarlo: ahora trasnocha con los libracos, ¡por via del atun salado! Si fuera siquiera por una buena moza...

— Señor, dijo Clemencia interrumpiendo á su suegro, ¿con que creeis de veras que el leer sea anti-estomacal?

— Por supuesto, Mari-sabidilla, respondió Don Martin; lo que es á tí, te voy comprar un birrete de doctora como el de Santa Teresa, con el que estarás mas bonita que lo que está aquella en el altar. Siempre he dicho yo que los encuadernados roban el calor al estómago. Pues mira, Pablo, ¿á que con tanto quemarte las pestañas sobre los que visten de pergamino, no sabes una cosa que te tenia mas cuenta saber, que no lo que enseña el estudio de lo fino?

— ¿Y qué cosa es esa, señor? preguntó Pablo.