— Lo que aprovecha mas á la tierra que bendicion de obispo.
— Será la de Dios.
— Calla, hombre, que lo que se platica es de tejas abajo.
— No caigo, tio.
— ¿No lo dije? ¡Maldita la cosa que sirve el atragantarse de latines, ni hincharse de términos curruscantes!
— Hermano, dijo el Abad, esta pregunta tuya me recuerda por su analogía el lance acaecido á un quinto valenciano, que habiendo llegado á una ciudad, entró en la primera tienda bien alumbrada que se le presentó, que acertó á ser una botica. ¿Qué se vende aquí? preguntó. — De todo, contestó el boticario. — Pues sáqueme Vd. unas alpargatas, dijo el quinto.
— ¡A ver! ¡á ver! esclamó riéndose D. Martin, ¡á ver el señor Abad, cómo se nos viene con un chascarrillo! Vaya, me alegro, hermano, de que la sangre andaluza no te se haya latinizado en las venas. Lo que natus es, negar no potes; que yo tengo para una ocasion un latinajo en conserva.
Pablo y el Abad se echaron á reir.
— ¿Qué? ¿no está bien dicho? preguntó D. Martin; pues yo así lo he oido decir; desde entónces acá habrán sacado latines mas pulidos, no me opongo. Pero hágote saber, hermano, que á Pablo le tiene mas cuenta y le vienen mejor las alpargatas del quinto, que no los potingues del boticario. Así ten entendido, Pablo, y no lo eches en saco roto, que para la tierra, lo que vale mas que bendicion de obispo, es majada de oveja. Hermano, esto es un decir, un ponderar; no vayas á tomarme á censo lo que digo, ni por donde quema.
— Ya sé, ya sé, Martin, respondió el Abad, ¿acaso piensas que me iré yo á escandalizar por las cosas que no llevan malicia? Eso queda bueno para los fariseos, hermano.