CAPITULO VIII.
Pablo no pudo dormir aquella noche. ¡Tenia tanta inquietud!... Sentia hácia Clemencia una compasion tan profunda y tan tierna, y hácia el que pudiese ser causa de sus lágrimas, ¡una ira tan vehemente!
Pero al dia despues todo se le aclaró, cuando su tio llamándole á su despacho, le habló en estos términos:
— Pablo, hombre, tienes veinte y ocho años y ojos en la cara.
— Sí, señor, uno y otro, — contestó Pablo, que era grave, sonriendo friamente como solia hacerlo, oyendo las salidas y chistes de su tio que no siempre le hacian gracia, sin que por eso le ofendiesen, aunque le fuesen hostiles; porque á un genio angelical unia Pablo sobre su tio la inmensa superioridad física y moral de la juventud y de la inteligencia.
— Pues si así es, prosiguió D. Martin, no te parecerá mi Malva-rosa costal de paja, ¿eh?
— ¡A mí! esclamó Pablo, pasmado de la pregunta.
— Pues, sobrino, ahora es el caso de decir aquello del mas ruin de la manada... aceitera... aceitera... porque he pensado que os caseis; y así todo se queda en casa.
Pablo se quedó estático. Nunca semejante felicidad le habia pasado por la imaginacion. Su corazon latió con un goce indecible; pero de repente pararon estos latidos tan dulces, porque penetró en seguida con la lucidez de su entendimiento y la modestia de su carácter, que las lágrimas que habia vertido Clemencia, no tenian ni podian tener otro orígen que la repulsa que una propuesta semejante hecha por su tio, le habria causado; y para cerciorarse preguntó á este:
— Pero señor, vuestro proyecto podria no agradar á Clemencia: ¿acaso sabeis lo que diria?