— Lo sé, señor mio, contestó D. Martin: lo primero que hice fué decírselo á ella.
— ¿Y qué respondió? preguntó Pablo con ansia.
— ¡Toma! ¿qué habia de responder? que sí. ¡Pues qué! novios como tú ¿se hallan acaso detras de la puerta? El mayorazgo de la casa de Guevara, aunque no sea muy bonito que digamos... ¿tiene que temer un no? Ademas mi Malva-rosa sabia que yo lo deseaba.
— ¿Y ha dicho que sí? insistió Pablo.
— ¿Hablo estranjis, mi amigo? Ya te he dicho que se lo dije primero, pues en cuanto á tí, ya sabia que no me habias de decir que no.
— Pues siento decíroslo, tio, — dijo Pablo en tono sereno y decidido; — pero os habeis equivocado.
No le es dado al artista mas hábil característico, dibujar una cara en que mas marcada y enérgicamente se pintase el asombro, que lo fué en la de D. Martin al oir á su sobrino.
Ambos quedaron largo rato callados. Pablo como el prudente marino, que en el momento de calma que precede á la tormenta, arría las velas que sujeta, para prepararse así á sufrir la borrasca sin resistir ni ceder, se armó á la vez de paciencia y de firmeza. ¡Pobre Clemencia!... pensaba; ¡ángel que se sacrifica con una sonrisa, á un deseo que respeta; y llora sin mas testigos que sus flores que se marchitan al verla llorar! No seré yo el que abuse de tu condescendencia, porque eres sumisa; que oprima tu voluntad, porque eres dócil, ni avasalle tu libre albedrío porque eres débil! ¡No! siempre tendrás en mí quien te defienda con firmeza, aunque sea contra mi mismo corazon.
— ¡Qué! esclamó al fin D. Martin, ¿tú rehusas una Ponce de Leon, á la viuda de tu primo, mi hija, con veinte y dos años, el parecer de una Santa Rosa, y las virtudes de una Santa Rita? ¿Y porqué?
— Señor, tanto ó mas que vos reconozco los méritos sobresalientes de Clemencia; y es á punto que estoy persuadido que merece ser unida á un hombre que valga mas que yo.