— ¡A otro perro con ese hueso! ¿Me querrás hacer creer que desechas el plato que te se brinda, por demasiado bueno, y la boda que te se propone, por demasiado ventajosa? ¡Anda, déjate ir!... que malo seas y bien te vendas.
Pablo titubeó un momento sobre lo que habia de decir: sabia que su tio no habia de apreciar ni admitir la verdadera razon, que le llevaba á rehusar; y no hallando otra que dar, dijo lacónicamente:
— Señor, ello es que no me puedo casar.
— Pero... ¿porqué? Las cosas claras. ¿Porqué?
— Tengo mis fundados motivos, tio, y deseo que no me los pregunteis.
— ¿Estás quizas, sin yo saberlo, mal entretenido?
— No señor, esclamó con vehemente sinceridad y marcado hastío, Pablo.
— ¿Estás quizas enfermo?
Pablo se detuvo un momento, y luego contestó:
— Creo que sí, señor; y si no lo estoy, estoy aprensivo. Sabeis que mi hermano murió del pecho; no creo que tampoco el mio sea fuerte; y los médicos me han aconsejado que no me case hasta robustecerme, pues me espondria á que mis hijos naciesen débiles y enfermizos.