Y nadie sabe lo que lo siento, pues es todo mi deseo.

— Pues, Martin, no insistas, ni quieras quebrar voluntades; desiste, y el hueso que te cupo en parte, róelo con sutil arte.

— Señor, dijo entrándose de repente la tia Latrana, vengo de ver el cebadal de su mercé. ¡Qué hermoso está! No parece sino que lo han regado con agua bendita. Ya se va encerando; cada espiga tiene un jeme; me dolia la boca de dar gracias á Dios; ¡hasta lloré!... Venia tan contenta, que ni un perro harto de carne.

— Vamos presto; ¿qué me viene Vd. á pedir? dijo D. Martin.

— ¡Ay señor! vengo de muy léjos.

— ¡Qué bien estaba Vd. allí! Mire Vd. que el mucho andar trae el poco andar.

— Señor, la necesidad hace á la vieja trotar.

— ¿Y para qué trota Vd. tanto, Vd. que parece andando un loro viejo, y á la que puede caer la sombra de un coche?

— Porque mi sobrina está de parto.

— Vaya Vd. por la comadre, que es lo derecho.