— ¡Ya!... pero señor, es preciso ponerle un pucherito, y cristianar á ese morito que se entra por la puerta sin que lo llamen.
— Diga Vd. al cura que yo salgo á todo, y á Andrea que dé á Vd. garbanzos y tocino para los pucheros, y aléjese tan presurosa como ha venido.
— La mitad será para mí; que mas cerca están mis dientes que mis parientes. ¡Si viera su mercé qué mala está mi hacecilla de cebada! No tiene espigas, sino espigorrillos.
— ¿Cómo puede ser eso cuando el año va, que no parece sino que tienen los labradores en la mano al sol y á las nubes?
— Pues ahí verá su mercé, Señor D. Martin; el tiesto de Inés se secó lloviendo; al que es desgraciado, mal sobre mal, y piedra por cabezal. Así... iba á pedir á su mercé si me queria emprestar para mercar un cochinito, para criarlo y ver así de remediarme.
— ¡Caracoles! ¿todavía quiere Vd. mas? Parece la boca de Vd. un lechuzo: mire Vd. que es preciso valor para ser tan pedigüeña!
— Señor, dijo la tia Latrana, haciendo á guisa de sonrisa una mueca que puso en contacto su barba y su nariz — á quien de miedo se muere (con perdon de su mercé) con moñiga le hacen la sepultura. Ademas, señor, al desdichado le vale poco ser esforzado, prosiguió volviendo á su tono natural: lo que sucede es que mirais lo que bebo, y no la sed que tengo. ¡Vaya! présteme su mercé para el gorrinito; que quien bien hace para sí hace.
— ¿Qué habia de prestar?... ¡Prestar! ¿Acaso me ha pagado Vd. los dineros que le presté para el habar del año pasado?
— Señor, y si no tengo mas que la casa, ¿qué hago? ¿Le tiro un bocado? Pero si me da su mercé el cochinito, lo criaré muy gordito, y el año que viene podré pagar á su mercé y remediarme.
— Va, va.. ¿aun no ensillámos y ya cabalgamos? yo no quiero que Vd. me pague, sino que no haga mas deudas; y mire Vd. que puerco fiado gruñe todo el año.