— Pues ya todo está hecho, dijo D. Martin volviendo á su calma; ahora, sea lo que Dios quiera.
Las criadas habian acudido, y la señora se habia puesto á rezar á San Lorenzo, abogado del fuego.
Al cabo de una hora entró Pablo: sus vestidos estaban quemados; sus manos abrasadas, su cabello chamuscado, su semblante ardia.
— ¿Se apagó el fuego? preguntó D. Martin.
— Sí señor, contestó Pablo.
— ¿Se ha salvado algo?
— La mitad de vuestras mieses; las de los pobres á los que dais tierras, se les han quemado todas.
— ¿Saben que son las suyas? preguntó el rico mayorazgo.
— ¡No lo habian de saber, señor! Todos acudieron, y su dolor parte el corazon.
— Pues díles que nada han perdido, dijo D. Martin. Si no hubieran sabido que era lo suyo lo que ardia, se lo hubiésemos ocultado; pero ya que lo saben, díles que la mitad de mis mieses está ahí para suplir á cada cual lo que haya perdido[6].