— ¡Válgame Dios, Martin! le dijo su mujer, nunca tienes presente que poca hiel hace amarga mucha miel.
— Es que la moza mala hace al ama brava, señora.
— Tambien se dice, Martin, que el amo majestuoso hace al criado reverencioso.
— ¡Jesus, señor! esclamó entrando lleno de entusiasmo Miguel Gil que venia del cortijo; no se ha visto otro como el señorito. Aquí me entro, aquí me salgo por entre las llamas, como si fuese de hierro! aquí corta un tajo, allí un reves; ¡zas! en un decir tilin habia apartado las gavillas sanas poniéndolas al lado del viento; que asina las llamas le volvian las espaldas. A este le llama, á este le empuja; á todos les da su tarea; al uno echar agua, al otro echar tierra, y él siempre delante y sin quemarse. Señor, no parecia sino que las llamas le conocian. ¡Cristianos! ¡todo tan acertado! no parecia sino que en su vida habia hecho otra cosa que apagar incendios. Y no se lo dijo nadie, fué de su metro. El pobre del tio Andino por salvar sus gavillas se metió por medio, tropezó y cayó. No bien lo vió el señorito, que allá se va, coge al pobre viejo y carga con él como San Cristóbal con el niño; pero su ropa venia ardiendo. Entre todos le cojimos y ahogámos el fuego; tenia el pelo chamuscado, las manos quemadas y la cara tan encendida que se podian tostar habas en ella. ¡Caballeros! no se vió otro mas arrojado: á él se debe que no haya ardido todo. ¡Vaya, señor, el señorito es todo un Bernardo, todo un hombre! por fin, ¡un Guevara, señor! y de tal palo... tal astilla.
— Sí, sí, dijo D. Martin, bien haya la rama que al tronco sale.
— Sí, Pablo es completo, dijo su tia, el oro siempre reluce.
En el mundo suspicaz y entremetido, es cierto que tanto D. Martin como Doña Brígida se habrian puesto á observar el efecto que producian sobre Clemencia los justos elogios tributados á Pablo. Pero en aquel círculo sencillo y sincero no sucedió así; solo se pensaba en lo actual: este llenaba el corazon y la mente, sin dejar espacio á la observacion ni al cálculo sobre las impresiones que causaba. Triste ventaja del uso del mundo es la de tener cada cosa su avan ó retaguardia; dulce prerogativa de la vida sencilla, aunque ménos pulida, es el perfecto acuerdo entre el alma, el corazon y la cabeza, que forman un todo espontáneo y sincero como la luz del sol.
Clemencia, en quien hubiera la observacion producido mal efecto, y originado, cuando ménos el retraerse, pudo francamente dar rienda suelta á los sentimientos de simpática admiracion que le inspiraba su primo.
— Pero señor, dijo Miguel Gil, con lo quemado y lo que les va á dar á los pobres, se queda su mercé ogaño sin la cosecha de ese cortijo.
— Mas vale que sea por eso que no porque se lo llevase el frances, repuso D. Martin.