— Y yo le pongo el de Machaca, de puro machacar cristianos.
— Por lo que toca á mí, prosiguió irguiéndose la tia Latrana, ha de saber su mercé que el árbol de la generacion de mi casa dice que fueron ántes de destronados mis abuelos, y cuando estaban en su solio, muy emperantes, y que eran entónces los Ramirez Várgas, piernas de santo.
— Pues lo que les ha quedado de sus grandezas á los Ramirez Várgas, son narices largas, ¿está usted? Dejémosnos de padres y abuelos, y seamos nosotros buenos. Por ser hoy el dia que es, no me puedo negar á socorrer á Vds., que son hoy, no piernas de santo, sino patas de gallo con espolones! pero, tia Emperante... ¡una y no mas, señor San Blas! — Juana, prosiguió D. Martin llamando al ama de llaves, dá á esta pierna de santo una de cabrito, dos hogazas de pan, dos libras de tocino; y váyase la considerable á donde el humo en dia de levante.
La vieja siguió á Juana, y volvió cargada con los donativos atestados en una espuerta.
— Ahora, tia destronada, dijo D. Martin; ponga usted de proa sus narices hácia la puerta, escúrrase con viento en popa, y múdese liberal.
— ¿Qué está Vd. ahí parada como mojon de término? preguntó el señor, viendo que la vieja no se movia.
— Señor, queria decirle á su mercé que este pan es duro.
— Mas vale Duranda que no Miranda, señá Ramirez Várgas.
— Pero como á mi comadre le falta la denticion...
— Que la pida prestada.