— Señor, es que hay allí pan tierno; y Juana me dió el duro por mala voluntad.

— ¿No sabe Vd. que una de las tres verdades del barquero es, el pan duro... duro... mas vale duro que ninguno?

— Señor, habia allí unas teleritas mas tiernecitas, y cogí una, y Juana...

— ¡Caramba con la tia rapiña esta, que lo que sus ojos ven, sus manos águilas son!

— Pero, señor, ¡si yo y mi comadre estamos como las gallinas del tio Alambre, que las despertaba el hambre!

— Lo que están Vds. es como las gallinas del tio Rincon, que saltaban siete corrales por conversacion.

— En fin, señor, le he advertido lo del pan duro por si no lo sabia; y tambien le advierto que este tocino no tiene las dos libras cabales, y que no es de buena parte.

— Pues lléveselo Vd. á su sobrino que está ahora Emperante en Francia. ¡Caracoles con la zorzala esta, que tiene agallas para ciento, y es mas desagradecida que tierra de guijo! Pues ¿no seria acaso menester engordarle los cochinos con almendras, y amasarle el pan con leche á esta pierna de santo? ¿Por qué viene Vd. con esa voz que me suena á campana cascada, á atolondrarme los oidos si no le satisface lo que le doy? ¡Caracoles! que siempre la mas ruin oveja se ensucia en la colodra.

— Vengo, señor D. Martin, porque es su mercé rico, y que mas da el duro que el desnudo; que si no... ¡en la vida de Dios habia de aportar por aquí! pues por una de miel, da su mercé tres de hiel.

— ¡Por vida de la Vírgen del Lagar! esclamó colérico D. Martin, que me ha de hacer Vd. sentir el ser rico. ¡Vaya Vd. muy con Dios, tia espantajo! con esa cara que siempre parece que está probando vinagre, y esa cabeza erizada que parece una parva de arvejones. Sobre que cuando veo á Vd. me queda todo el dia una hiel y un asombro como si hubiese visto al demonio.