— ¡Jesus, señor! pues yo no soy ningun Eron, dijo muy picada la vieja.
— No, ¿para qué? Es Vd. mas fea que el tio Molino, que le dieron el óleo en la nuca, porque de feo no se lo pudieron dar en la cara.
— Pues ¡muy buenos quince que tuve, Señor, D. Martin! y cuando volvió mi Juan de la guerra de Pepiñá para casarse, me dijo que no habia visto por allá mejor hembra que yo.
— Si fuese eso cierto, habria mentido el refran que dice que quien tuvo, retuvo... pues lo que es ahora, mas que fuese un valiente de la guerra del Rosellon, se habia de asustar al verla. Ea, coja usted dos de luz, y cuatro de traspon.
— Pues quédese Vd. con Dios, señor D. Martin, el Señor se lo pague y le aumente los bienes, y sobre todo la buena voluntad. Memorias á la señora y á la señorita; y mandar, señor D. Martin.
— Señor, le dijo el ama de llaves, presentándole dos grandes platos de loza sevillana, que contenian masa frita y bollos de aceite; esto han mandado las mujeres del yegüerizo y del temporil. No están muy allá ni los bollos ni los pestiños: ¿los pongo en la mesa?
— Sí, sí, repuso el señor, que en la mesa del rey la torta ajena parece bien.
— Eso se ha hecho con la harina y el aceite que les mandó su mercé repartir, observó Juana.
— Podrá ser, mujer, y que hayan tenido presente aquello de á quien te da el capon dále la pierna y el alon.
D. Martin se levantó, atravesó el patio para ir á la sala, cuando al pasar frente del porton se encontró con la tia Latrana, que retrocedia en su retirada.