— ¡El demonio se pierda y Vd. tambien! esclamó sorprendido: ¿no lleva Vd. todavía bastante, tia sanguijuela?

— Señor, mire su mercé que el frio que hace, pela, corta la cara y lastima la cabeza; vea su mercé el pañolon mio todo destrozadito, dijo la vieja cogiendo el pico del pañolon que llevaba sobre la cabeza, y estendiéndolo á la vista de D. Martin; déme su mercé un pañolito que me abrigue, señor; que por eso no ha de ser su mercé ni mas pobre, ni mas rico.

— Pues si no ha nada de tiempo que le dió á usted la señora uno suyo.

— Verdad es, señor; pero lo que otro suda, á mí poco me dura: ¿es rigular, señor, que yo me muera de frio?

— ¿Y es rigular que sea yo su abastecedor general, tia cáustico?

— ¿Y cómo ha de ser, si su mercé tiene, y yo no? Yo he de buscar arrimo; que el que no tiene sombrajo, se encalma; y los ricos son los que matan ó sanan á quien quieren. Mejor librado sale su mercé, que mas vale tener que no desear.

— Ya por hoy me ha sacado Vd. bastante, y ha acabado con mi paciencia, dijo D. Martin, volviéndole la espalda.

— ¡Jesus!... ¡y qué ipotismo gasta su mercé hoy! murmuró marchándose la tia Latrana.

Aquel dia en la comida estuvo D. Martin mas campechano que nunca.

— Oye, Juana, preguntó al ama de llaves, ¿me querrás decir quiénes eran los que componian aquella reana de gente que visoré en la cocina?