— Señor, la tia de la cocinera, el primo de Miguel Gil, una sobrina de mi cuñada, la nuera del cochero...

— ¡Ya, ya, ya! y allí estaban por aquella regla de un convidado convida á ciento. Tráeme este á la memoria, que andando Nuestro Señor por el mundo, con sus apóstoles, le cogió la noche en un descampado. — Maestro, ¿quereis que nos recojamos á aquella choza? le dijo San Pedro. — Bien está, respondió Jesus.

Llegaron á la choza; en la que habia un viejo que les dió albergue con muy buena voluntad, y les ofreció de cenar. Estando cenando, llegó uno de los discípulos.—¿Qué se ofrece? preguntó el viejo. — No hay cuidado, dijo San Pedro, es de los nuestros. — Sea en buen hora, dijo el viejo, que tenia crianza:—¿Vd. gusta de cenar? Le cortó un canto de pan, y el apóstol se sentó á la mesa. A póco entró otro y despues otro, hasta completar los doce, y con cada cual sucedió lo propio. ¡Vaya, pensaba el viejo de la choza, paciencia! ¡cómo ha de ser! Un convidado convida á ciento. A la mañana siguiente le dijo San Pedro al viejo: — El que has albergado es Nuestro Señor; desea tú una gracia; que se la pediré en tu nombre. El viejo de la choza era gran jugador de naipes; así fué que le pidió sin pararse, ganar siempre que jugara: lo que se le otorgó. Cumplido que hubo el viejo su tiempo, le dijo el Señor á la muerte que fuese por él. Cuando el viejo vió llegar á la muerte, estuvo muy listo á seguirla; porque era lo propio que yo, nunca habia sido pesado para nada. Al caminar por esos aires vió á una pareja de demonios que se llevaban al alma de un escribano. ¡Pobrecito! pensó el viejo, que tenia buenas entrañas; el Señor padeció por todos sin escluir á los escribanos.—¡Eh! ¡cornudos galanes! gritó á los diablos, ¿se quiere echar una manita de tute? Los diablos que se despepitan por una baraja, como que ellos fueron los que las inventaron, acudieron como pollos al trigo. — Pero ¿qué se juega, preguntaron los demonios, puesto que no llevas dinero? — Verdad es, contestó el viejo; pero juego mi alma, que es de las buenas, por esa que llevais ahí, que no vale un bledo: salís gananciosos. — Verdad es, dijeron los diablos, y se pusieron á jugar. Por de contado ganó el viejo de la choza, y cargó con el alma del escribano.

Cuando llegaron arriba, le dijo San Pedro: Viejo de la choza, ya te conozco; puedes entrar. Pero, ¿qué es esto? ¿no vienes solo? ¡qué alma tan negra viene contigo!

— No señor, no vengo solo; que la compaña dicen que Dios la amó. Esta alma está manchada de tinta porque es de escribano.

— Pues alma de escribano, no entra en el cielo; cuela tú solo.

— Cuando estuvieron Vds. en mi choza, me soplaron otros doce sin pedirme licencia: con que bien puedo yo hacer lo propio con uno; que un convidado convida á ciento, dijo el viejo de la choza, metiéndose dentro con su amparado.

D. Martin comió opíparamente. Al gustar el pavo de Pascua que estaba perfectamente cebado con nueces é igualmente asado, mandó comparecer al ama de llaves, á cuyo cuidado eran debidas ambas escelencias.

— Juana, le dijo, el pavo está que mejor no cabe, te doy la patente, mujer, y este vaso de vino para que te lo bebas á mi salud y á la tuya, para que el año que viene cebes y ases otro semejante, y yo me lo coma.

— ¡Que viva su mercé mil años! dijo Juana, tomando el vaso que llevó á los labios.