Clemencia se echó llorando de gratitud en los brazos de su suegra; es decir, de gratitud por la bondad y cariño que le demostraba, no por el beneficio. En general, la juventud, y sobre todo la femenina, no concibe la necesidad; para ella no hay desierto ni maná.

— No es necesario á Clemencia tu generosa oferta, hermana, dijo el Abad. Clemencia, la hija de adopcion de mi alma, se quedará conmigo, si quiere compartir la monótona y sosegada vida de un pobre anciano; por mi muerte, cuanto poseo es de ella; mi testamento está ya hecho.

— ¡Oh tio! esclamó Clemencia; si despues de la cruel separacion de mis padres tuviese que sufrir la vuestra, ¿qué seria de mí?

Pablo se habia quedado tan confundido al verse, despues de la completa desheredacion que le habia anunciado su tio, dueño de todo, que no atinaba qué hacer, ni qué decir, y quedaba completamente estraño al precedente coloquio.

Por fin mas repuesto, y venciendo su timidez, dijo dirigiéndose al Abad:

— Soy testigo, — y testigo que no puede recusarse siendo yo el interesado, y por lo tanto el solo que á combatirlo tuviese derecho, — de que mi tio pensó dejar á Clemencia, su hija, por quien quiso y debió mirar, no solo la mitad de cuanto poseia, sino el todo; el ocultarlo, en mí, á quien se lo dijo, seria faltar á la honradez.

— Es que no hubiera podido hacerlo aunque hubiese querido, dijo con su serena voz Doña Brígida que queria mucho á Pablo, y ante todo lo justo.

— Pensó sacar cédula real, repuso este.

— Eso lo diria, intervino el Abad, en uno de esos bruscos arranques, que tenia mi hermano (en paz descanse) que eran siempre truenos sin rayos.

— Y esto lo confirma el que, si tal era su intencion, lo hubiese llevado á cabo, añadió Clemencia.