— Lo que creo justo, dijo Pablo, y el único medio de que ni tu delicadeza ni la mia padezcan, es que partamos como hermanos, Clemencia.

— Pero, Pablo, ¿porqué quieres que te agradezca un beneficio que no necesito, ni puedo aceptar?

— No es beneficio; pero caso que lo fuese, ¿te pesa la gratitud, Clemencia?

— Segun sea el beneficio que la motive, Pablo. Nunca me ha pesado la que te tengo por la vida que te debo.

— Eres sutil, Clemencia, y me contestas con la metafísica de una delicadeza fria, propia entre estraños, cuando yo te hablo con la buena fe del corazon, como á una hermana.

— A ambos os comprendo y á ambos apruebo, intervino el Abad; pues cuanto decís es hijo de un noble desprendimiento y de una delicadeza loable. Pero para que no degeneren estas en tí, Pablo, en molesta exigencia; en tí, Clemencia, en obstinado desvío; os diré para poneros á ambos de acuerdo, que si á Clemencia aseguró mi herencia, es como á mujer de mi sobrino, y como miembro poco afortunado de la casa de Guevara; que como á hija de adopcion de mi alma, le he hecho dueña de tesoros de mas valer. ¿No es así, Clemencia mia?

— ¡Sí señor, sí señor! — contestó esta besando la mano del venerable anciano, — y del que mas aprecio de todos, que es vuestro cariño.

CAPITULO XI.

Pocos dias despues, se trasladó Doña Brígida con previa autorizacion eclesiástica, al retiro del convento, á pasar sus últimos años léjos del ruido de la vida activa. Todo en lo demas permaneció en el mismo estado, habiendo insistido Pablo con el mayor calor y cariño en que no se separasen de él su tio y su prima.

Así corrió otro año pacífico y tranquilo como los anteriores; pero sin que pasase un solo dia en que no tributasen un amante recuerdo y un fervoroso sufragio á D. Martin, cuya memoria permanecia siempre viva en todos los corazones como en el primer dia; ni una semana en que no fuesen á hacer una larga y afectuosa visita á su tia.