Mas al cabo de este año, los dias del Abad eran cumplidos. Habia este desde la muerte de su hermano, decaido mucho. El varon eminente sentia acercarse su fin como los verdaderos justificados, sin ansiarlo ni temerlo. Muchas veces miraba á su amada Clemencia con pena é inquietud, viendo que sobre ella habian pasado los años, haciéndola al esterior una hermosa mujer, pero habiéndola dejado moralmente la niña inocente, sincera é inesperimentada que era á los diez y seis años, cuando casi al salir del convento habia llegado allí. ¿Qué resultará, decia, de la amalgama de ideas tan sólidas y determinadas con sentimientos tan vírgenes y frescos, candorosos y sencillos? ¿Cuáles vencerán, si lucha hubiese? Estas reflexiones le llenaban de temores, y fué el resultado de estos, que vino á sentir, aunque por causas diversas y mas elevadas, los mismos deseos que su hermano habia tenido ántes de morir, de dejar unidos á Pablo y Clemencia. Así fué que, una noche en que se hallaba indispuesto, y Clemencia liada en un abrigado pañolon, despues de haber cubierto la lamparilla con un cristal bruñido, y cerrado con cuidado todas las puertas y ventanas para que no penetrase el aire frio y húmedo de la noche, se habia sentado en una butaca á su cabecera para velar, le dijo al verla tan tranquila y ajena del golpe que la esperaba, porque nadie confía mas en la vida de los enfermos que aquellos que mas los aman:

— Hija mia, creo que Dios me avisa con estos males repetidos, que pronto compareceré en su presencia.

Estas palabras penetraron el corazon de Clemencia como agudas flechas.

— ¡Jesus, Señor! repuso con trémula voz. ¡Oh! ¡no digais eso! pensarlo es una aprension, cuando solo teneis una afeccion catarral; y ¡decirlo... es una crueldad!

— ¡La voluntad de Dios se haga, hija mia! pero prever todo accidente es la obligacion de las personas prudentes; sobre la esperanza se confia, pero no se labra. Yo pienso en la muerte, porque preverla es el modo de que no asombre su imponente llegada, y porque es el de la muerte, el mas útil, el mas grande, y el mas elevado pensamiento del mortal. Pero esta misma consideracion me hace prever cuán sola quedarás, tú, ángel de mi vejez, cuando te falte yo, tu compañero, tu guia y tu padre.

Las lágrimas que Clemencia contenia á duras penas, estallaron en sollozos al oir estas últimas palabras.

— Si vos me faltais, esclamó, no quiero vivir.

— No pensara de tu juicio, de tu sensatez y de tu religiosidad, que te espresases así, Clemencia mia, repuso el Abad. Esas son frases heróicas y sin mansedumbre; y así en un todo opuestas á lo que nos enseñó el Hombre modelo, en el que el mismo Dios se dignó constituirse. Pero en fin, llegado el caso que te he indicado, ¿no piensas que seria prudente y decoroso poner en mi lugar á quien como yo te amase, amparase y mirase como cosa propia?

— ¡Oh! vuestro lugar, padre mio, nadie puede ocuparlo ni á mi lado, ni en mi corazon.

— Clemencia, los sucesos, como los hombres, se suceden unos á otros en el mundo, como las olas en el mar, sin dejar hueco ni vacío, por la gran ley del equilibrio que rige la naturaleza, así la física como la moral.