— Pero señor, hay escepciones.
— Sabes, hija mia, que todo lo escepcional me es antipático, sobre todo en las mujeres, tan dignas, tan bellas, tan femeninas en las buenas sendas trilladas, como mal vistas, antipáticas y burladas en las escepcionales. El querer llenar tu vida, que está en su principio, con la memoria de un padre, es el sueño de un corazon amante: así deséchalo como tal, y procura no apartarte de la ley que hizo á la mujer compañera del hombre.
— Tio... señor, ¿no me habeis dicho mil veces, que á la mujer casta Dios le basta?
— Sí, hija mia, es cierto que Dios basta á llenar un corazon puro; pero la vida en una mujer, sobre todo cuando es jóven, trae otras exigencias y necesidades, ademas de las del corazon, para vivir tranquila. Necesita, ó retirarse del mundo, ó un amparo si en él permanece: de otro modo, Clemencia mia, sola, independiente, inútil, su estéril vida es escepcional, y una piedra de toque en la sencilla y buena uniformidad en que gira la sociedad humana. El celibato, hija mia, es santo, ó es una viciosa y egoista tendencia que tira á quebrantar las leyes sociales y religiosas: no te sustraigas á la santa mision de esposa y madre: te lo encargo... ¡te lo suplico!
— Bien, tio, dijo la dócil Clemencia; si tuviese la terrible desgracia de perderos, os prometo casarme.
— ¿Y porqué no en vida mia, para que yo bendiga tu union ántes de morir?
— Pero, señor, ¿acaso no tengo mas que desearlo, para que se presente el compañero que os prometo aceptar?
— Sí, Clemencia, no tienes mas que desearlo, para que te se presente el compañero que entre todos no habrias podido elegir mas cumplido y mas á propósito para hacer tu felicidad.
— ¿Pablo? preguntó en queda y desconsolada voz Clemencia.
— Pablo, sí, Pablo; que tiene el alma mas bella, el carácter mas noble y el corazon mas amante y generoso. Fíate de mí, Clemencia; que harta esperiencia tengo de los hombres: no conocí nunca otro mas aventajado que Pablo, otro á quien con mas justicia se pueda dar el epíteto de hombre de bien y caballero cumplido.