Largo rato calló Clemencia, y despues dijo con la íntima y entera confianza que le inspiraba aquel varon indulgente y benévolo:

— Tio, yo habia pensado vivir siempre como hasta ahora, tranquila y concentrada; mas si exigís que amplíe mi vida, que trueque mi libre y descuidada calma por la austeridad de los deberes; que cambie mis flores y mis pájaros por cuidados y desvelos, yo habria deseado que el amor hubiese esparcido sus rayos entre la cargada atmósfera de las obligaciones y desvelos que circundan el estado.

— ¿Y no puedes acaso amar á Pablo? dijo el Abad.

— No puedo amar á Pablo, señor, sino como al mejor de mis amigos, despues de vos.

— No te cases, pues: tus ilusiones se interpondrian entre tí y tu felicidad, como esos mirajes, esos prestigios, efectos de la óptica, que presentando al viajero objetos ilusorios, le ocultan la senda trillada, y le sacan del camino real de la vida que no ve por mirarlos. ¡Oh mundo seductor, falsa sirena, que modulas tus cantos haciéndolos simpáticos al sentir de cada cual! Nada logra contra tí la sabiduría humana, y tú solo eres el que te encargas de darte á conocer. Sí, sí, una sola de tus lecciones prácticas alcanza lo que no pueden todas las máximas de la sabiduría y todos los consejos de la esperiencia. No te cases, Clemencia; no te cases ahora, pues no serias feliz sino pasivamente, y tu felicidad satisfecha, cumplida y elegida por tí, es la que deseo sobre todas cosas. No obstante, cuando llegue el dia en que fijes tu voluntad, ántes de decidir de tu suerte, ¡acuérdate del último consejo y del postrer deseo de tu padre! la pasion es ciega, la razon ve claro; si luchan, haz que venza esta.

En conversaciones que aun tuvieron, dió el Abad á Clemencia otros muchos consejos y lecciones sobre la vida y el mundo, todos impregnados de los altos y sabios conocimientos que sobre ellos tenia el esclarecido filósofo cristiano. Ademas, entre los de la vida práctica, le recomendó el trasladarse cuando llegase él á faltar, á Sevilla, al lado de su tia la Marquesa de Cortegana, no siendo decoroso el que se quedase á vivir con su primo, que era un jóven. Añadió que cerca de la de aquella poseia él una casa, que ya habia mandado renovar y arreglar para que ella la habitase; regaló su magnífica librería á Pablo; distribuyó infinitas limosnas y dádivas; y así pensando en todos, haciendo el bien á manos y corazon llenos, levantando en continuas y fervorosas oraciones su alma á Dios... se fué estinguiendo como un sonido melodioso, cada vez mas suave, cada vez mas dulce!... y un dia en que con manos cruzadas rezaba, sus labios dejaron de articular, sus ojos de fijarse con amor en los que le rodeaban... ¡y su corazon de latir á un tiempo!

El dolor de Clemencia la postró en cama. Por mas que sea el carácter apacible, el ánimo sereno y madura la razon, el dolor es en la juventud, para el corazon, una calentura que no halla calmantes. Clemencia mandó que se llevasen de su cuarto los pájaros que cantaban; que cortasen de su jardin las flores que se abrian; echó en cara al sol el alumbrar alegre la tierra el dia del entierro de un justo, y al cielo el haber dejado brotar en la tierra el amor, esa flor del cielo que solo deberia existir en la eternidad.

Pero apénas estuvo repuesta su salud, y apénas pudo hacerse dueña de su inmensa afliccion, cuando conforme á las indicaciones de su tio pensó trasladarse á Sevilla.

Así fué que le dijo á los pocos dias á su primo:

— Pablo, nos vamos á separar despues de cerca de ocho años de haber vivido bajo el mismo techo.