Pablo calló y bajó la cabeza; estaba prevenido á este golpe cruel.

— Réstame, Pablo, el darte gracias por tus nunca interrumpidos buenos procederes hácia mí, prosiguió Clemencia, y decirte cuán penosa me es nuestra separacion.

— Entónces... dijo Pablo que no acabó la frase.

— Voy á Sevilla, añadió Clemencia, — respondiendo indirectamente á esta pregunta que Pablo no articuló, pero que ella comprendió; — al lado de mi tia, pues así lo dispuso nuestro Santo Mentor.

— Clemencia, dijo Pablo, ahora, pues, es el caso, ya que vas á establecerte, en que debas en toda justicia, y para no rechazarme como á un estraño, recibir del mayorazgo que debió ser tuyo, siquiera la viudedad, para que vivas con el decoro y en el rango que te corresponde; te consta que no sé qué hacer con el sobrante que dejan las rentas.

— Para vivir bien y con decoro, Pablo, me sobra con lo que me ha dejado nuestro tio; grandezas, ni las apetezco, ni las busco, ni las quiero: sabes que me son antipáticas, quizá por una rareza de carácter. Mi padre me enseñó las verdaderas grandezas que proporciona el dinero, las limosnas, que son el lujo del corazon; la caridad que es la verdadera grandeza del alma. Sigue tú su ejemplo, y todas tus rentas te vendrán cortas. No obsta esto, Pablo, á que te agradezca esta nueva prueba de tu generosidad para conmigo.

— Otra mayor tienes que agradecerme, Clemencia, dijo tímidamente Pablo, y quiero que la sepas ántes de separarnos, para que si no nos volviésemos á ver en esta vida, quede grabada en tu corazon mi memoria con la gratitud que te infunda... porque en esta ocasion... la merezco!

Clemencia miró á su primo con sorpresa.

— ¿Mas aun que agradecerte, Pablo? esclamó.

— Recordarás, dijo Pablo, que mi tio quiso unirnos.