— En Villa-María habia pocos novios, y ademas mi vida era tan dulce al lado de mis padres y de mi tio, que la habria preferido siempre á toda otra, no por amor á la libertad ni oposicion á los hijos, sino por amor á ellos.

— Con que... ¿te volverias á casar? preguntó con burla Alegría.

— Si hallase un hombre que me llenase, y á quien yo pudiese hacer feliz, lo haria, pues así se lo prometí á mi tio, contestó Clemencia.

— ¡Buena tonta serás! esclamó Alegría.

Entró en este momento Constancia, diciendo que su madre que apénas habia dormido en la pasada noche, acababa de coger el sueño. Alegría aprovechó este descanso para ir á ver algunas amigas, y salió despues de dar un repaso á su tocado ante el espejo.

Era la primera vez desde la vuelta de Clemencia, que ambas primas se hallaban solas, no separándose Constancia un solo instante del lado de su madre.

Largo rato callaron.

De repente Clemencia cogió las manos de su prima, las apretó entre las suyas, y le dijo en queda y conmovida voz, miéntras dos lágrimas bañaban sus párpados: — Constancia, te admiro y te venero.

Constancia calló, y un imperceptible temblor se notó en sus labios.

— ¿Qué has hecho para olvidar, Constancia? prosiguió Clemencia.