— A Juan, que es dormilon, dijo riéndose Alegría, le sucederá lo que á aquel otro sereno amigo de su comodidad, que dormia toda la noche muy descansado en su cama, con solo el cuidado de abrir de cuando en cuando la ventana, sacar la gaita y cantar la hora.

— Pero no te apures, Marquesa, dijo Doña Eufrasia; yo te tengo un criado pintiparado.

— ¿De veras, mujer? esclamó la Marquesa. ¡Cuánto lo celebraria! El ramo de criados está perdido. ¿Es de tu confianza? ¿Me respondes de él?

— Respondo, contestó Doña Eufrasia, bajando su voz á los mas profundos abismos de su robusta entonacion.

— ¿Le conoces?

— ¿Si le conozco? Veinte años le he tenido de asistente. Es un criado como hay pocos, y está hecho á mis mañas.

Esto de estar hecho á las mañas de Doña Eufrasia, aterró á las muchachas; pero satisfizo grandemente á la Marquesa, la que no obstante siguió preguntando:

— ¿Bebe?

— Agua.

— ¿Es enamorado?