— Calla, cuelli-sacada, le dijo su madre. ¡Ay Eufrasia! Tengo... tengo una sobrina llorona; por todo llora! ¿Me querrás decir, Clemencia, compotita de manzana, por qué estás llorando?

— Tia, repuso Clemencia, enjugándose los ojos, porque me habeis dicho que callo y no tomo cartas en vuestros altercados con mis primas, por no daros la razon; y no es por eso, sino porque pienso que no debo meterme en eso, pues mis primas se enfadarian; y tambien porque os aseguro, señora, que no sé qué decir.

— Pues aprende de Doña Eufrasia, le dijo al paño Alegría, que como dice la copla, bien podrá no tener nunca mucho que contar, pero sí tiene siempre mucho que decir.

— No se hace caso de las lágrimas de las niñas: ese es el modo de que no vuelvan á llorar esas Magdalenitas de mírame y no me toques, opinó Doña Eufrasia.

— Y lo peor de todo es, prosiguió la Marquesa, que Juan se me va; no parece sino que le picó la mosca; no hay quien le detenga.

— Ya eso lo sabia yo, repuso Doña Eufrasia, que efectivamente sabia cuanto pasaba en las casas que visitaba, sobre todo, lo perteneciente á la esfera inferior.

— ¿Tú? ¿Y cómo?

— Porque la novia fué á casa de la Jefa, donde sirve una hermana suya, para que se empeñara con su señora á fin de que á Juan le dieran una serenía.

— ¿Y la obtuvo?

— Sobre la marcha.