— Clemencia, no es humildad el reconocer sus faltas. No soy humilde; solo que, gracias al cielo, no existe la soberbia que me cegaba.
— Sí lo eres, y aun vas mas allá, prima, pues no solo reconoces tus faltas, sino que desprecias tus virtudes. ¿Porqué has hecho un estudio tan severo en ocultar un dolor, que yo que conozco tu alma, sé que está incrustado en ella hasta la muerte?
— Clemencia, — respondió Constancia en voz inmutada y tan queda como si á sí misma quisiese ocultar la emocion que la dominaba,—¡las penas que se ofrecen á Dios, se ocultan á la tierra, para que no se evapore en ella este incienso del corazon!
CAPITULO II.
Clemencia, abrumada con los quehaceres que le proporcionaba el amueblar y preparar su casa, distraida y atolondrada con el sinnúmero de visitas que recibia la rica, hermosa y amable viuda, aunque habia pensado escribir á Pablo, lo difirió. ¡Qué de cosas se dejan de hacer por diferirlas! Diferir un buen propósito, es como diferir el socorro á un necesitado; suele perecer este, merced á la omision, é invertirse la limosna en otra cosa: tambien sucede que suele desmayar y desvanecerse el buen propósito, gastarse el tiempo y la voluntad en otra cosa, como aconteció con la limosna: sobreviene el olvido con su apagador, y sume todo en el cáos.
Tan luego como Clemencia estuvo establecida en su hermosa y bien alhajada casa, fué esta en estremo concurrida. Su dueña poseia el don innato de bien recibir, puesto que este, así como todo lo fino y delicado en el trato, tiene por base la bondad, y que esta era el fondo del carácter de Clemencia y el primer móvil de sus acciones. Todas las reglas de finura y delicadeza tienen por tipo la sencilla bondad, como el arte coreográfico tiene por norma las gracias de la infancia. Su casa se puso de moda, y la moda es una maga que nos convierte en una manada de carneros, que lleva á su albedrío por montes y valles.
Entre las personas que fueron presentadas en casa de Clemencia, se distinguian dos estranjeros de alta categoría, el uno inglés, el otro frances, que habian venido á pasar el invierno en la primavera que durante esta estacion goza Sevilla, la noble y destronada reina de Andalucía.
El Vizconde Cárlos de Brian y Sir George Percy eran dos bellos tipos de sus respectivas razas y países. Ambos eran altos. El Vizconde algo mas grueso, tenia en sus maneras mas elegancia, Sir George mas distincion; en su porte tenia el Vizconde mas nobleza, y Sir George mas dignidad; el primero era mas airoso, el segundo mas natural. En su traje era de Brian mas ataviado, y Sir George llevaba la bellísima sencillez del vestir inglés á un estremo de indolencia, que le hacia no notar que se ponia un chaleco de invierno en verano, lo que no impedia que fuese tan esclusivamente pulcro y delicado en su ropa, que regaló á su ayuda de cámara á la mañana siguiente de haberlo estrenado, un vestido de baile, que por no traerlo en su equipaje, tuvo que mandar hacer al mejor sastre de Sevilla.
Era Sir George inmensamente rico y espléndido sin fausto, por lo que le llamaban en Sevilla Monte-Cristo, así como al Vizconde, en vista de su estatura y de ser muy realista, le habian puesto Carlo-Magno.
Deploramos profundamente esta costumbre andaluza de poner apodos ó sobrenombres, por distinguidas que sean y por mucho mérito que tengan las personas; es esto contra la dignidad y la elegancia de una sociedad culta y fina. No hay gracia que compense una chocarrería.