Precisamente eran hombres ambos los mas á propósito para poder apreciar el gran mérito de Clemencia; ambos debian ser seducidos por la reunion de ventajas que poseia esta, y que tan rara vez se halla en una misma persona; así fué que ambos comprendieron desde luego que era Clemencia un ente escepcional, ricamente dotado por la naturaleza y por la cultura, cuyo mérito pocos sabrian comprender, ni ella misma sabia apreciar en todo su valor.
Entablóse desde luego entre de Brian y Sir George una de esas secretas y agrias competencias, tan hábilmente disimuladas por los hombres de mundo, no bajo formas afables, sino bajo formas indiferentes. De esta competencia resultó que la inclinacion hácia Clemencia subiese en Sir George, hombre seco, gastado y frio, á un efervescente antojo; y que en el Vizconde, hombre de corazon y de peso, se reconcentrase, temiendo la vanidad francesa verse forzada á ceder en sus pretensiones ante un rival mas afortunado. En esta circunstancia podia decirse que tanto por la posicion de ambos hácia Clemencia, como por sus respectivos caracteres, estaban trocadas en ellos las índoles de sus dos países, siendo Sir George con Clemencia el hombre amable, obsequioso, espresivo y subyugado, miéntras el Vizconde se mostraba el hombre comedido, tímido y reservado hasta el punto de aparecer frio.
El Vizconde habia nacido aun en el destierro, de un padre que habia perdido á los suyos en el cadalso. Vuelto á su patria, habia perdido á su hermano por un puñal homicida en Roma, y á su padre á su lado defendiendo el órden en las jornadas de febrero, y entonces abandonó desesperado y abatido la patria que amaba, para no presenciar su suicidio.
Sir George al contrario, habia nacido y vivido entre grandezas, felicidades y riquezas, sin pensar mas sino en satisfacer su vanidad, sus pasiones y sus caprichos. Así era que á los treinta y tres años se sentia con despecho, hastiado de todo, seco de corazon, enervado de alma y reducido á solo placeres materiales.
Fuese este retraimiento del Vizconde, ó bien fuese por la finura y elegancia de los obsequios de Sir George, ó bien por aquel ciego impulso cuyo orígen es inaveriguable, y que no toma sus aspiraciones de la razon, de la paridad, ni de la simpatía, sino que nace espontáneo, crece déspota y arrastra al corazon á pesar de aquellos, Clemencia, que era muy niña para poder penetrar en las profundas simas del corazon de los hombres criados en el gran mundo, se sintió arrastrada con vehemencia hácia Sir George, cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustracion, saber y gracia la encantaban. Y no es de estrañar que en unos instintos tan delicados, en un gusto tan culto como era el de Clemencia, unidos á un amante corazon, que hasta entónces habia respirado en una atmósfera sencilla y sosegada, hiciese impresion un hombre como Sir George, en quien brillaban en su mas alto grado las referidas ventajas.
Sir George sabia con una delicadeza de maneras, que solo se adquiere en la mas alta y fina sociedad, obsequiar de un modo que no era rehusable; obsequiaba á Clemencia en las personas que ella queria ó le eran allegadas; habia mandado venir para la Marquesa un aparato ingenioso para vendar su pecho; habia regalado á D. Galo unos gemelos de unas dimensiones tan descomunales, que le era imposible á su entusiasmado dueño, colocarlos ante su vista con una sola mano. Paco Guzman los habia apellidado Rómulo y Remo.
— Paco, hijo mio, contestaba D. Galo en sus glorias, me ha dicho el Señor D. Jorge que el fabricante solo hizo tres como estos; uno para el Príncipe Alberto, otro para el Gran Turco, y el presente, que teneis á vuestra disposicion.
Hasta á D. Silvestre, cuya hostilidad á los caminos de hierro no le era desconocida, habia regalado Sir George una chistosa caricatura inglesa que representaba una procesion de viajeros, que ántes de entrar en los coches y wagones del tren, pasaban ante la máquina quitándose el sombrero y saludándola con las palabras con que los gladiadores romanos saludaban al emperador ántes de ir al combate:
Morituri te salutant.
Esta sátira habia entusiasmado cuanto era dable entusiasmar al calmoso D. Silvestre: la habia llevado á todas las partes á que concurria, mandándole hacer en seguida un suntuoso marco de caoba con una estrella de metal dorado en cada ángulo, y colgado frente de un mueble que tenia el nombre, y no el uso, de mesa de escribir; mesa que adornaba un tintero de plata de purísimas entrañas, unido á una pluma vírgen sin mancilla, cuyos desposorios eran tan nominales como los de Santa Cecilia y San Valeriano.