— No señor, respondió Clemencia sin alterarse, no sé clasificar una sola planta; pero las flores son la poesía palpable del mundo material. Desde que el hombre cantó, entretejió con ellas sus cantos: nunca el espíritu de innovacion, de oposicion y de paradoja, para el que nada hay sagrado, que á todo ha tocado, se ha atrevido á ridiculizar la suave simpatía que inspiran las flores, que en la naturaleza se renuevan siempre frescas y lozanas, como las esperanzas en el corazon del hombre; inseparables de la poesía, son compañeras de los sentimientos que lo inspiran. Así es, que simpatizo con el jóven poeta que se ha hecho su cantor y tan bello culto les rinde, sin cuidarse de que otro acerbo, como vos, le haga la pregunta que me habeis hecho. Pero, prosiguió Clemencia alegremente, dirigiéndose á D. Galo, ¿qué decís vos? ¿qué es lo que mas os agrada en este mundo?
— Lo que mas me agrada son las bellas, contestó D. Galo con su mas satisfecha y galante sonrisa.
— No puedo ménos de unir mi voto particular al de este caballero, dijo el Vizconde.
— A vos, señor D. Jorge, ¿qué os parece? ¿No digo bien? preguntó D. Galo frotándose sus manos despiadadamente enrojecidas por los sabañones que le producia su escribir constante en la fria oficina.
— Por primera y única vez difiero de vuestro sentir, que admiro siempre, contestó Sir George, que prefiero á las bellas las feas.
— ¿Por no tener rivales? preguntó D. Galo con las mas ostensibles pretensiones al gracejo; pues vos no deberiais temerlos.
— ¡Oh! no los temo, D. Galo; confío demasiado en el mal gusto de las damas. No es por eso. Pero es porque las feas son mas amables que las bellas.
— Señor, esclamó escandalizado D. Galo, ¿esto sosteneis en presencia de Clemencita, que es la mas contundente refutacion de lo que decís?
— Las escepciones no hacen regla, señor. Y entre las flores, prosiguió Percy, dirigiéndose á Clemencia ¿cuál es vuestra predilecta?
— La violeta, respondió Clemencia.