— ¡Ya! la que lo fué de Napoleon: estas son simpatías.

— No es porque lo fuese de Napoleon, es porque lo fué de la persona que mas he amado en este mundo.

— ¿De Fernando Guevara? preguntó D. Galo con su sencilla buena fe é indefectible desmaña.

— No, — contestó Clemencia sonrojándose, porque temió haber faltado á la delicadeza de casada, confesando que habia querido á otro mas que á su marido; — no gustaba Fernando de flores; eran predilectas las violetas de mi tio el Abad, á quien todo, todo lo debo. Aun no las hay y lo siento: su perfume es un recuerdo vivo como ellas son una imágen de aquel padre tierno, de aquel sabio modesto.

De allí á un rato se levantó D. Galo para irse.

— ¡Qué! ¿Os vais? preguntó admirada Clemencia.

— Aunque me voy... me quedo.

— Ciertamente, en mi memoria.

Don Galo se puso tan ancho, que en aquel momento no se hubiese cambiado ni por un Rothschild, ni por un Apolo, ni por un Séneca, ni aun por el jefe de su oficina.

— ¡Pobre hombre! dijo Sir George, cuando hubo salido.