— Venero las tragedias clásicas como la mas perfecta muestra del arte imitado del griego, ¿no opinais así, señora? dijo Sir George.

— No me simpatiza ese teatro, contestó Clemencia: esas palabras religiosas sin fe, esa pasion tosca sin corazon, ese heroismo sin afectos, esas palabras tan compasadas en asuntos que lo son muy poco, me hacen mal efecto, y se me figuran Aspasias y Safos, vestidas de vírgenes cristianas. Son, á mi entender, afectadas; y todo lo que pierde la naturalidad, pierde la senda del corazon. Esta es mi débil opinion de mujer, que se forma por impresiones mas que por exámenes artísticos; mi sentir, que suena como el arpa eólica, á la ventura del aire que la penetra.

— ¿Os gusta nuestra literatura, señor Vizconde? añadió Clemencia.

— La antigua, con estremo; la moderna, casi toda mucho, siempre que no es una imitacion de la nuestra.

— Eso pasa por señal de buen tono, dijo Clemencia con ironía.

— Señora, contestó el Vizconde, así como se ha dicho que el mejor de los cálculos es ser hombre de bien, se puede decir que el mejor tono en España, es ser español; y con tanta mas razon cuanto que seria difícil hallar una nacionalidad mas genuinamente fina y elegante que la española. No hay cosa peor que seguir; el que sigue, se queda atras; se imita un camino de hierro, el vestir; y bien ó mal, aun una forma de gobierno; pero no se imita una nacionalidad. Lamartine llama á la imitacion el Mefistófeles del genio naciente y abortado.

Abrióse la puerta y apareció D. Galo, resplandeciente de satisfaccion, con un enorme ramo de violetas en la mano, el que puesto en la tercera posicion, doblando el cuerpo y redondeado el codo, presentó á Clemencia.

— D. Galo, esclamó Sir George, esto pertenece á los bellos tiempos de la galantería que hacia milagros. ¿De dónde han salido esas violetas, que yo hubiese pagado á peso de oro?

— Pues á mí solo me han costado correr hasta Rascaviejas, en donde se halla un jardin en que sabia que las habia tempranas.

— Por las cuales os habrá rascado bien el bolsillo una vieja en Rasca-ídem, dijo Paco Guzman al oido á D. Galo.