— No me pesan.

— ¿Debo, pues, partir?

— Sí, si no quereis mortificarme y obligarme á suspender el placer que tengo en recibiros á mis horas señaladas.

Sir George salió sumamente mortificado, culpando la pusilanimidad de Clemencia, indigna de una mujer de carácter; pero mas, no diremos apasionado, sino mas engreido que nunca.

— Tiene, se decia, unos principios de virtud sencilla y sin ostentacion, pero fijos como el iman; nunca se dejará arrastrar por su corazon, ni atenderá al hombre en quien no mire su marido: vos lo sabeis, Vizconde, y estais en acecho; pues me creeis incasable; aguardais mi derrota ó mi desistimiento; pero ignorais que me ama, y que soy tan buen apreciador de joyas como vos. Señor Vizconde, el que ha de desistir sois vos.

CAPITULO IV.

Alegría, aunque no necesitaba pretestos para salir de su casa y abandonar el cuidado de su madre á su hermana, y el de sus hijos á las amas, cuando alguno se le presentaba le acogia presurosa: así un leve resfriado que habia tenido Clemencia, fué el que le sirvió para ir á casa de esta una prima noche.

Pertenecia Alegría á la clase de mujeres desalmadas que se confiesan á sí mismas coquetas, en vista de que el espíritu de imitacion frances no solo ha adoptado la palabra, sino tambien el vano y frívolo espíritu que la erige casi en una elegante gracia social.

Pero pertenecia tambien, sin ella confesarlo, á la mas perversa variedad de la especie, esto es, á aquella que como medio mas eficaz y enérgico de atraer á los hombres, no les demuestran solo el deseo de agradarles, sino que por mas seguridad, tomando la iniciativa, les demuestran que ellos les agradan á ellas. A esta seduccion resisten fácilmente los hombres delicados y de mérito, para los que una mujer que baja de su elevado trono se desprestigia completamente; pero en hombres vulgares, en hombres vanos y sin mundo, que tienen la buena fe ó necedad de creer que ese amor puesto en feria lo es únicamente á su intencion, y nacido de un irresistible y apasionado impulso hácia ellos; hombres noveles que no conocen aun que á la mujer que pierde lo morigerado y el orgullo propio de su sexo, pocas virtudes le pueden quedar, aunque las afecte; hombres poco espertos que no conocen que los papeles están trocados, y que la que busca, es porque no es buscada; para estos, son tales mujeres temibles, por poco que valgan; pues fingen todos los caracteres, todos los gustos y hasta todas las virtudes, haciendo cometer al hombre que cogen en sus perversas redes, toda clase de maldades, dándoles un interesante colorido. Y las leyes humanas son tan cortas de vista y toman tan poco en cuenta la parte moral de los delitos, que castigan al infeliz que robó un triste pedazo de pan para comer, y no han pensado en castigar á la infame que introduce un puñal de dos filos en el corazon ajeno, y destruye la honra, la felicidad y la paz de una familia.

Alegría, como las mujeres de su especie, sentia hácia los hombres, en ludibrio de su sexo, la propension que es propia de estos hácia las mujeres, aumentada por la necia vanidad de verse rodeada de enamorados ó aspirantes, y el perverso anhelo de triunfar de otras mujeres, sobre todo si estas valian mas que ella. De esto resultaba, que cuando no bastaba para lograr sus fines el hacerse seductora, se hacia provocativa, sin que la arredrase respeto divino ni humano.