Era en tanto estremo lo que la absorbian estas innobles pasiones, á que se entregaba sin reparo, que no conocia freno, ni se cuidaba de la profunda repulsa que causaba á las mujeres honradas, ni del menosprecio que inspiraba á los hombres que lo ocultaban en frases corteses y ligeras, tanto á causa de la falta de severidad de nuestra sociedad, como por consideracion á su marido, hombre que por su posicion, y mucho mas por su noble carácter, era respetado hasta con entusiasmo por cuantos le conocian.
Entre los hombres de mérito que se hallaban reunidos en casa de Clemencia cuando entró Alegría, es de presumir que al que dirigiese sus tiros fuese á Sir George, á quien ya conocia, y que sospechaba ser el que Clemencia distinguia.
Apénas entró, cuando rehusando el asiento de preferencia que le brindaba Clemencia, buscó como el matador en la arena, el lugar mas propicio, y se colocó en frente de Sir George, mirándolo al principio con reserva, pero procurando que él lo notase; y viendo que ó no lo notaba, ó fingia no notarlo, acabó por clavar la vista en él con descaro.
Sir George era hombre que calzaba muchos puntos para que una coquetería tan vulgar y descocada lo pudiese seducir. Es probable que en otras circunstancias no habria sido tan desdeñoso un hombre corrompido, como lo era Sir George, pues la mujer que busca al hombre, tiene la fácil tarea de aprisionar al vencido; pero Sir George tenia demasiada delicadeza en su imaginacion, para dejarla impresionar ante un ser que la llenaba toda, por otro ser que no alcanzaba á ocuparla, y que aun en circunstancias normales no habria sido para él sino un ligero pasatiempo. Tampoco era bastante novel para pensar en el mezquino medio de estimular por celos el naciente amor de una mujer como Clemencia; muy al contrario, conocia muy bien cuánto perderia á sus ojos si llegase ella á comprender que acogia las provocaciones de una coqueta de la especie de Alegría.
La inalterable indiferencia de Sir George picó á esta, que pasó á otra clase de agasajos mas directos. No hubo pregunta que no le hiciese, afectando no contestar ni hacer atencion á los demas que le hablaban ó se ocupaban de ella, para atender y ocuparse única y esclusivamente de él. Le instó á ir á Madrid, poniendo á Sevilla y á su sociedad en ridículo con lo mas picante de la burla y lo mas agrio de la sátira, armas tan bien manejadas por ella; pero todos sus artificios se estrellaron contra un frio glacial, que solo se halla en los polos y en el continente de un inglés que lo quiere ostentar. Sir George, sin faltar á la mas estricta finura, propia de los hombres de la sociedad á que él pertenecia, vengó tan cumplidamente á Clemencia de las perversas y traidoras intenciones de su prima, que esta, en quien siempre predominaba la bondad, se sintió impulsada á desear que estuviese el hombre á quien amaba con vehemencia, ménos seco y rechazador con su prima.
Clemencia nunca habia sentido celos, y tampoco nunca habia comprendido que hubiese mujeres que provocasen á los hombres; y ménos, que esto lo hiciese una mujer casada.
Estas tristes cosas, que por vez primera vió y sintió, cubrieron su hermoso y franco rostro como con un velo de tristeza, pues era muy sincera para ensayar el disimular su mal estar con una alegría y animacion ficticia.
Lo que motivaba esta suave tristeza, por no estar en antecedentes secretos, nadie lo comprendió sino el Vizconde, á quien partió el corazon, y Sir George, que se dijo:
— Mucho debo á la loquilla marquesa de Valdemar.
— ¿Estais triste ó preocupada contra vuestra costumbre, Clemencita? dijo D. Galo lleno de amable interes y de intempestiva desmaña.