— De todo.

— Vamos, dijo consolada la Marquesa, esta es una suerte que Dios me depara en medio de mis aflicciones. ¡Ay Eufrasia! siempre te apareces como tabla de salvacion en mis mayores apuros!

CAPITULO IV.

— Señora, dijo á la mañana siguiente el ama de llaves, ahí está el criado que envía la Señora Doña Eufrasia.

— Bien; díle que entre, contestó la Marquesa.

A poco entró la mas estraña figura que darse puede. Era una rara muestra de lo que es la espresion á los rostros y el continente á las personas; pues siendo el que se presentó, un hombre sin deformidad alguna, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, con facciones regulares, buenos ojos y buena dentadura, nadie podia mirarle sin reirse, ménos aquellos que tienen la desgracia de no reirse nunca. Estaba basta, pero aseadamente vestido; solo que los pantalones eran demasiado cortos, y en cambio los zapatos demasiado largos; la chaqueta era demasiado angosta, y el corbatin negro de charol demasiado ancho, lo que le obligaba á levantar la cara con inusitada arrogancia.

Su cabello, todo llamado á un lado y perfectamente alisado con clara de huevo, parecia un gorro de hule.

Pasaba su movible semblante repentinamente de la espresion mas alegre y vivaracha, de la sonrisa mas desparramada y satisfecha, á la seriedad mas grave é imponente; así como su persona pasaba instantáneamente de la mas activa petulancia á la mas estricta inmovilidad, poniéndose entónces en la posicion correcta de un soldado ante su jefe, juntando los piés, pegando los brazos á lo largo de los costados, y fijando sus ojos, sin pestañear, al frente.

Entró dicho sujeto, saludó, y dijo con la mas graciosa sonrisa y la mas marcada pronunciacion gallega:

— Dios dé buenos dias á Usía y á la compañía.