La Marquesa estaba sola.

— A Dios, hombre. ¿Tú eres el que vienes...

— De parte de la señora Coronela, sí, señora usía. Tiene la señora Coronela hoy un dolor de agua mal bebida y desmayos en los piés.

— Lo siento. ¿Y cómo te llamas?

— José Fungueira, para servir á Dios, á usía y á la compañía; pero mis amos siempre me han llamado Pepino.

— ¿Y de qué tierra eres?

— Gallego de Galicia, mas acá de Vigo, pasada la Puente San Payo y Pontevedra, ántes de llegar á Caldas, á mano derecha, se tira para la ria...

— Bien; ¿y estuviste mucho tiempo con la Coronela?

— Perdí la cuenta, usía: entré allá mocito de diez y nueve años; y estaba tan blanquito y coloradito que parecia un pero.

— ¿Y sabes servir?