— Señora usía, ¿no he de saber? Las casas me las bebo yo como vasos de agua.
— ¿Y puedes asistir bien á la mesa?
— ¡Vaya! no me gana el repostero del Obispo.
— Pero ¿sabes limpiar á la perfeccion la plata, el cristal y los cuchillos? ¿Eres prolijo en el aseo?
— Señora, yo lavo el agua.
— Es que yo soy muy estremada en ese punto.
— Mas lo soy yo, usía, que de tanto frotar dejé en casa de mi amo los cuchillos sin mango; hasta que tuvo que decirme el Coronel: Pepino, animal... mas vale maña que fuerza.
— Ten entendido que no tolero amoríos en mi casa. Si siquiera miras á la cara á una de las mozas, te despido acto continuo.
— ¡Las mujeres! ¡Malditas de Dios! mas cansadas que ranos. No las puedo ver; esceptuando lo presente, se entiende.
— Cuidado con el traguito; te advierto que no quiero criado que beba.