¿Quién decia á aquella mujer niña, que nada sabia de pasiones ni concebia fingimientos, en un país en que el invadiente estranjerismo no ha podido aun pervertir la franca nobleza del carácter nacional, ni introducir el horroroso arte de fingir, que las lágrimas que veia verter al hombre á quien amaba, no eran lágrimas de corazon? ¿Quién, que todas aquellas demostraciones y estremos no eran hijos de una verdadera pasion? ¿Quién, que aquellas palabras tan ardientes no eran sentidas? La gran sinceridad de su alma; pues en punto á sentimientos, nada es mas difícil de engañar que la sinceridad, puesto que desde luego echa de ménos su reflejo.
CAPITULO V.
No llevaba Alegría al salir de casa de Clemencia tan ofendido su amor propio y tan picada su vanidad, como podria pensarse de una persona de su índole y pasiones. Esta clase de mujeres tienen sobre las que carecen de lauros y apasionados, la desventaja de sufrir á veces lo que no tienen las otras, gran cosecha de desengaños, cuando no de desdenes ó de ridículos.
Paco Guzman, con quien estaba en relaciones de amor, habia entrado en casa de Clemencia ántes de haberse despedido Sir George; habia notado el juego de Alegría, se habia encelado, y esto habia sido para ella un goce que compensaba su fiasco en la emprendida conquista.
Salió acompañada por él, á pesar que sabia que aun ántes de casarse, el Marques habia tenido celos de este su apasionado.
Apénas se hallaron en la calle, cuando prorumpió Paco Guzman en amargas quejas y recriminaciones.
Alegría se echó á reir, lo que exasperó mas á Paco.
— No has mudado, no, esclamó irritado. Sí, tu placer ha sido siempre reir del mal que causas.
— Rio, repuso Alegría, de la idea de que pudiese semejante varal con su cara de pero de Ronda gustarme á mí.
— No has hecho sino dirigirle la palabra.