— Porque me divierte en estremo oirle pronunciar el español; no me he reido en sus barbas por la negra honrilla de dama de la corte.

— Pero le has invitado á ir á Madrid.

— Por hacer rabiar á Clemencia, á la que no creo le parezca el tarasco costal de paja. Ademas, Paco, añadió Alegría con descarado cinismo, ya sabes que soy coqueta; me gusta, sí, me gusta mucho que todos me miren y se enamoren de mí; me gusta que rabien las demas: ¿qué te importa, añadió con zalamería, si sabes que tú eres el hombre que llena mi corazon, mi capricho, mi gusto y mi vanidad, al que solo he querido siempre, quiero y querré? Nada borra un primer amor, Paco mio; mi madre me casó con el alma de Dios de mi marido sin consultarme; cuando le hablé de tí, quiso enviarme al campo como á Constancia; — me amedrentó; — el escándalo me asombró; soy dócil,—¡cedí! pero ceder no era arrancar de mi pecho mi primero, mi solo amor.

Todo lo antedicho era, como colegirá el lector, falso y mentido.

Alegría se llevó el pañuelo á los ojos.

— Si vieras, añadió con voz de llanto, ¡qué de sinsabores me ha costado el haber ido á tu cita la otra noche, y de qué mentiras he tenido que valerme para disculpar mi larga ausencia! Tú nada de eso tienes que sufrir; por eso siempre te dije que yo te queria mas que tú á mí, pues de ello te doy mas pruebas.

Los amantes iban tan ensimismados y embebidos en lo que hablaban, que no vieran á un hombre embozado, que parado habia estado frente al zaguan de Clemencia, y los venia siguiendo.

Cuando entraron en casa de la Marquesa, estaban completamente reconciliados. Alegría afectaba un airecito melancólico, como el de la inocente víctima de una injusticia y de una triste suerte.

Paco Guzman estaba mas alegre, mas petulante que nunca.

Aquella noche la Marquesa no se habia recogido aun, y estaba sentada en un sillon; á su lado estaba tranquila é impasible, como siempre, su hija Constancia.