Alegría entró primero, pretestó dolor de cabeza y se sentó al brasero. En seguida de ella entró Doña Eufrasia; poco despues Paco Guzman.
Al verle Doña Eufrasia, que le conservaba toda su ojeriza, dijo á Constancia á media voz:
— ¡Vaya un disimulo!... Con tu hermana venia; que yo los vi.
— Nada de estraño tendria, contestó esta.
— ¿Con que nada de estraño tendria? repuso la severa dragona: vamos, hija mia, parece que tienes confesor de manga ancha. Sabes que su marido no quiere que se acompañe con él; y la mujer que no hace lo que quiere su marido, cate Vd. ahí un divursio.
— Cambio de ministerio, dijo Paco Guzman despues de saludar y de informarse del estado de la Marquesa.
— ¡Qué me importa! contestó la pobre señora suspirando.
— Salir de sillas y entrar en Caribes, esclamó Doña Eufrasia, que queria decir Scila y Caríbdis.
— ¿Qué le han hecho á Vd. los ministerios que los pone de caribes? preguntó Paco Guzman.
— ¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! ¡el dia del juicio lo verán, pícaros! ¡ladros! ¿Y vos los defendeis? Será por espíritu de contraposicion.