— Los defiendo á capa y espada; se ha hecho en estremo ganso y vulgar criticar á los gobiernos. Nadie de buen tono lo hace. Pero vos, señora, ¿por qué armais contra ellos vuestras formidables baterías, de que habla Napoleon en sus memorias? ¿Qué os han hecho los ministros, esos pobres Atlantes?

Doña Eufrasia levantó al cielo sus redondos ojos sin contestar.

— ¡Que no le pagan! claro está; dijo con impaciencia la Marquesa.

— ¡Ah! ¡ya! ¿la viudedad? esclamó Paco Guzman. ¡Ah! ¡las viudas! ¡qué plaga! ¡En el mundo hay un país con mas viudas que España! son estas aquí innumerables, son inmortales, son dobles, pululan, se multiplican: cada militar deja un ciento, cada empleado una docena! No hay presupuesto que alcance á pagar las viudedades; son el pozo Airon de las rentas del Estado; me desespero en pensar que las contribuciones tan crecidas que pagamos, en lugar de ser para hacer carreteras, son para tanta viuda, á cual mas inútil, que viven de nuestra sangre como sanguijuelas monstruos. Deberia haber un sabido y económico Heródes que dispusiese un degüello de inocentes viudas.

Fué tal el asombro é indignacion de doña Eufrasia al oir esto, que por primera vez en su vida, depuso el aire marcial é indomable para tomar el de víctima, y esclamó con énfasis:

— Hasta ahora el huérfano y la viuda, si bien no habian sido pagados, habian sido tratados en el mundo con gran consideracion y lástima; pero en el dia hasta eso se pierde. ¡Señor, ya nada va á detener tus iras! y el fuego del cielo caerá sobre España como sobre Coloma.

— Señora, prosiguió Paco Guzman, cuando sea diputado, propondré, para remediar la plaga de viudas que nos aflige, el establecer aquí la sábia costumbre que existe en el Malabar.

— ¿Y cuál es esa costumbre? preguntó Doña Eufrasia, á la que interesaba en estremo todo proyecto concerniente á este asunto.

— Señora, en aquel sabio país, cuando se muere un hombre que tiene esposa...

— Bien, ¿qué?