— Se los ha llevado, respondió Alegría.
— ¡Que se los ha llevado! esclamó su madre.
— Sí señora; así lo exigia su abuela que queria verlos, y como él se pasa de buen hijo, ha complacido á su madre, aunque yo hubiese preferido que se hubiesen quedado.
— Se pasa de buen hijo, sí, y de buen yerno tambien, dijo la Marquesa.
Constancia se habia acercado á una cómoda en que se hallaba una botella de agua, habia llenado un vaso, y se lo llevaba con mano trémula á los labios. Lo tenia previsto ántes, y ahora lo comprendia todo.
Cuanto habia dicho Alegría era falso: Constancia tenia esa conviccion; lo que era cierto y callaba era el contenido de esta carta que halló por la mañana sobre su tocador.
«Señora:
»El hombre puede y debe perdonar: es el perdon virtud tan noble y generosa, que por eso solo se practicaria aun cuando no fuese un deber cristiano. Pero el hombre no puede volver á hacer suya la mujer que lo ha sido de otro; el vínculo que fué profanado, dejó de existir, autorizado el ofendido á disolverlo por las leyes humanas y por las divinas, é impulsado á ello por su corazon, así como por su honor.
»No quiero, no obstante, que en el caso presente lo publique un escándalo, pues la sangre nada lava, nada borra, y mancha la conciencia: tampoco quiero que lo disimule una hipócrita ocultacion; la ausencia salva ambos estremos. Nada faltará á la madre de mis hijos, sino el respeto de estos, á que no es acreedora, y el aprecio de su marido de que no es digna.
Valdemar.»