Alegría, al leer la carta lloró mucho, no lágrimas de dolor, ni de arrepentimiento, sino de despecho y coraje, porque perdia su bella posicion; pero como mujeres del carácter de Alegría, ni aun cálculo tienen, despues de desahogar su primera impresion de despecho, se sosegó, y bajó serena, como se ha visto, al cuarto de su madre. Lo que pintamos no parecerá verosímil ni ménos real... ¡y lo es! No es siempre cierta la general creencia de que las maldades tengan hondas raíces; las hay sin raíces, porque no las necesitan para medrar, siendo parecidas á las plantas del coral; que crece por su propia virtud con nuevas generaciones de pólipos que engendra, como aquellas con nuevas cáfilas de maldades que brotan las unas de las otras.
Cuando el mundo ve efectos, cuyas causas ignora, se las supone indefectiblemente desfavorables, aunque no lo sean: así no era de esperar que la repentina ausencia del Marques que se llevaba á sus hijos, ausencia tanto mas estraña en el estado en que se hallaba su suegra, y en un hombre cuya alta posicion social le eximia de toda clase de obligaciones, se interpretase candorosamente del modo que deseaba Alegría. No solo se supo la verdad, sino que se adornó con todos los requilorios que fragua la maledicencia.
Paco Guzman, desesperado por lo acaecido, partió por respeto humano para Estremadura. Alegría se ofendió de esta prueba de consideraciones sociales y de respeto á ella, y trató de buscar quien la consolase de ausencias. Paco Guzman llegó á saberlo; se indignó, pero se afectó poco: la razon le habia llevado á arrepentirse de sus criminales amores; la noble conducta del Marques cuyo digno papel hacia en esta ocasion tan despreciable y odioso el suyo, le habia avergonzado, y sobre todo la ausencia le habia enfriado.
Pertenecia Paco á una clase de hombres poco comunes en España, pero que no obstante, se encuentran. Era todo en él efervescente, y nada era profundo: todo vehemente, y nada duradero. Pasaba su sentir en todas cosas de la calentura al marasmo sin gradacion. En el primer momento se dejaba llevar á todos los estremos buenos y malos; pasado aquel, cual la vela á que falta el viento, caia inerte. No echando raíces en él ningun sentimiento, no se habria hallado enemigo mas inofensivo; pero, como amigo, dejaba mucho que desear; pues si no conocia el rencor, tampoco conocia la gratitud, que es el sentimiento de raíces mas profundas. No habia ninguno que tuviese ménos estabilidad, no solo en su sentir, sino tambien en su pensar. Cada dia un observador habria notado en él una nueva faz, no por cálculo ni estudio, como se ve en muchos que guian las circunstancias ó la ambicion, sino por naturalidad, pues era sincero, y aun cínico, así en sus afectos como en sus indiferencias, no honrando lo bastante la opinion ajena para contrarestar con la fuerza de su voluntad, ni la apatía ni los estremos á que se entregaba. Olvidan tan de un todo estos hombres, lo que han hecho, dicho y pensado, si llega á perder para ellos su interes y su actualidad, que estrañan, y se ofenden que alguien, aunque sea el ofendido, pueda conservar el recuerdo de lo que pasado ya, se sumió para ellos en la nada. En tales hombres, sin lastre (y los hay que parecen hasta graves), nada malo se arraiga, y nada bueno se estabiliza: así es, que instintivamente nunca inspiran á los demas, ni repulsa acerba, ni confianza entera; por lo que jamas tienen, ni enemigos encarnizados, ni amigos consagrados. Su buen sentido, (si lo tienen), alcanza siempre una fácil victoria en estos hombres, cuando lo escuchan; pero en cambio no conoce su corazon el grande y verdadero contrapeso del mal, el solo que puede borrarlo, el arrepentimiento; porque con la ligereza de su sentir, dan poco valor á la maldad, y no gradúan lo profundo de las heridas que han hecho. Creen que la ingenuidad y la buena fe que hay en confesar una culpa pasada, basta para borrarla; y este es un error grande y grave. Ni Dios ni el hombre bueno perdonan, si á la culpa no sigue el arrepentimiento.
El arrepentimiento es condicion precisa al perdon, y este gran mérito, esa hermosa reaccion, este enérgico repudio á la culpa, es por desgracia, muy poco comun. Y no se crea que es esto una paradoja, no. En los unos, la gran ligereza le seca apénas nacido; en otros, el amor propio lo ahoga en gérmen, y en otros, ¡ay! la falta de moral lo desconoce y lo rechaza. Nuestra santa y sábia Madre, la Iglesia, comprendió esto, y por eso instituyó el tribunal augusto de la penitencia obligatoria, pues solo allí se siembra prácticamente la verdadera, salutífera y productiva planta que purifica el corazon: solo ese santo tribunal, cual la vara de Moises hace brotar de una dura peña las aguas que han de lavar nuestra conciencia. Y dicen á esto los seides del protestantismo y los flojos y frios apóstoles del indiferentismo:—¿á qué santo ir á confesar sus culpas á otro hombre como nosotros? Basta confesárselas á Dios. ¡O cortedad de vista del orgullo! tanto mas deplorable, cuanto que es voluntaria en aquellos cuya vista alcanza á poder divisar el elevado orígen de todas las instituciones de nuestra santa religion católica, que cual el sol atraviesa los siglos sin perder su eterna luz, su calor constante! ¡Y llamarán los hijos del siglo de las ficticias luces, reaccion á las voces que gritan y gimen contra la tendencia que se afana en desolemnizar cuanta creencia y culto conserva el hombre en su alma, y cuanta poesía conserva en su corazon! ¡Dios santo! ¿dónde querrán llevarnos los enemigos de la religion y de todo lo existente, que empezando por los filósofos del siglo XVIII, y pasando por Marat, Robespierre y Proudhon tremolan el rojo pendon?
CAPITULO VI.
Una de las tertulias que frecuentaba D. Galo á prima noche, era la de la señora Doña Anacleta Alcalde de la Tijera.
Era la dueña de la casa una de las mujeres que su mal instinto lleva á complacerse en hablar mal de todo el mundo, como lleva el suyo al vampiro á nutrirse de la sangre que ávidamente absorbe, sin saciar su ansia.
El que llevaba una censura, una murmuracion, un chisme ó una calumnia á casa de la señora de la Tijera, era recibido por ella en palmas, así, como aquel que se atrevia á sacar la cara en defensa de un amigo ó de la verdad, era contradicho con acritud y recibido con burla.
La noche despues de los sucesos que anteceden, entró D. Galo en casa de la referida señora, y se sentó al lado de su hija, que era una linda jóven de quince años, ofreciéndole su corazon, á pesar que Paco Guzman lo habia calificado de don rehusado.