— Con las que debeis vos precisamente simpatizar, dijo Sir George, que por mas que se proponia dejar con Clemencia su constante ironía, recaia en ella por un irresistible impulso y por una inveterada costumbre.

— No, Sir George, no, contestó Clemencia con dulzura.

— ¿Cómo es eso, señora? ¿Pues no sois la ferviente abogada y la constante protectora de los pobres?

— Sir George, estais hablando con ironía, y sabeis que me es antipática: por demas estais convencido de que por hermoso que me parezca el oro, no me parecerá bien el puñal hecho con ese metal. ¿Quereis confundir la santa voz cristiana que dice al rico: dá, dá, tus riquezas son un préstamo, y te abrirán la entrada en la mansion de los justos, — difícil como al camello el pasar por el ojo de una aguja, — y la voz que grita al pobre: ¡fuera la pobreza, aunque es tu herencia! ¡fuera la santa conformidad, aunque es tu galardon, tu mérito y tu virtud! ¡fuera tu alegría y moderacion, que son tu instintiva filosofía! Hay ricos ¡y tú no lo eres, pues rebélate, indígnate, desenfrena tus malas pasiones, la envidia, la soberbia, la ambicion y la rabia! pierde todo respeto... ¡roba! y si te lo impiden los gendarmes, roba con el deseo y el propósito; que el mandamiento de Dios que lo hace delito, yo lo anulo con mi gran poder? — Pero Sir George, Dios permite que de cuando en cuando se levanten hombres funestos del seno de las tinieblas, que son una gran calamidad, como las pestes y las tempestades. Estos hombres cual teas del abismo encienden una hoguera; esa hoguera alumbra á los ciegos, alienta á los tibios, purifica á los prevaricadores, y de sus cenizas, cual fénix, sale mas bella y mas lozana la eterna verdad que yacia débil é inerte en el corazon del hombre; doblemos, pues, la cerviz, ya que tales castigos merecemos. ¡Triste humanidad que decae y se enerva, y que necesita de cuando en cuando que el fuerte brazo de Dios la sacuda! Peleemos, pues, en esta gran lucha moral, pero con nuestras armas, la caridad, la moderacion, el santo celo y valerosa ostentacion de santas creencias y santas doctrinas. Bien por mal, Sir George, bien por mal: ¿qué enemigo no desarma esta táctica?

— ¡Cuántas gargantas que cantaban cánticos, como vos ahora, Clemencia, fueron cortadas en Francia por la guillotina! Clemencia, cuando la humanidad se levanta y da un paso adelante, nada puede retenerla; lo que bajo su planta se halla, es triturado por ella; es un mal inevitable y aun necesario.

— ¿Con que, dijo con triste sonrisa Clemencia, lo que yo llamo altos castigos y sacudimientos con que el brazo de Dios despierta á la inerte humanidad, vos lo llamais pasos de adelantos de la humanidad? ¡Difícilmente se creerá que tales pasos sean dados en la senda del bien, Sir George!

— Señora, no os será desconocida la máxima de vuestros sabios jesuitas: alcanza el fin sin reparar en los medios.

— Sir George, no hagais de una máxima de política, — generalmente seguida por aquellos que pretenden hacer de ella un baldon á los jesuitas achacándosela, y cuyo gran preste teneis en la era presente en vuestro país, — un precepto de moral, que son los que deben regir á la humanidad. Pero, mi Dios, ¡cuán profanada es esa voz! Y la soberbia del hombre que se emancipa de las leyes de Dios, ¡ha llegado en nuestros dias hasta creer que puede arrebatar de las manos del que lo crió, el poder que guia al universo! Pero gracias al cielo, nuestro bendito suelo no cria Cromwells, Marats, ni Robespierres, esos acólitos de lo que llamais pasos de la humanidad.

— Cierto, cierto, vuestro país con raras escepciones no cria en cuanto á hombres públicos sino perfectos egoistas, de que resulta una verdadera anarquía que no quiere reconocer un jefe, como si hubiese partidos sin jefes; así se suicidan por sus propias mezquinas rivalidades.

— Pero señor, en vuestro país suceden cosas aunque en escala mayor, parecidas: un gobierno popular se compone de estos elementos.