— El gobierno de mi país, es detestable, señora; sus leyes, pésimas.
— ¡Oh! no hableis mal de vuestro país, esclamó Clemencia con aquella parcialidad, aquel entusiasmo que un corazon tierno y consagrado derrama sobre cuanto pertenece á la persona que ama; ese país de grandes hombres y de grandes cosas, alzado en su isla como un dominador en su solio, y que ha llegado á su apogeo.
— ¡Lugares comunes, señora! y una boca como la vuestra, Clemencia, debe preferir agraciarse con una paradoja ó con un disparate, ántes que vulgarizarse con una banalidad, repuso Sir George, y añadió alzando los hombros: desde que tengo uso de razon, esto es, desde mas de veinte años, estoy oyendo la misma cantinela y hemos avanzado. ¿Quién es capaz de fijar el apogeo de las naciones? La prosperidad de la Inglaterra es hija de las circunstancias, señora; nada mas: nadie se entusiasma por ella sino algunos españoles.
— No teneis amor patrio, Sir George, dijo tristemente Clemencia. ¡Oh! ¡qué fenómeno! ¡carecer de un sentimiento que abrigan hasta los salvajes en sus bosques y desiertos!
— Señora, la civilizacion que tiende á nivelar y á uniformar todos los países, modelándolos en la misma forma, debe por precision estinguir un sentimiento que seria una anomalía en la tendencia que aquella sigue. Ademas, creed, señora, que el vociferado patriotismo no es ni mas ni ménos, desde que con los siglos heróicos dejó de ser una virtud primitiva y un sentimiento unánime, que un egoismo ambicioso y un amor propio finchado de que se revisten pomposamente los partidos ó bandos políticos, como con la túnica de Régulo, aunque muy poco dispuestos á rodar como el romano en su tonel; pero sí en coche á costa de la adorada patria.
— Otro magnífico progreso, resultado de las modernas instituciones, repuso sonriendo Clemencia. Desengañáos, Sir George, con el profundo pensador Balzac, que dice en el prefacio de sus obras: «Escribo á la luz de dos verdades eternas, la religion y la monarquía; dos necesidades que los eventos contemporáneos volverán á aclamar, y hácia las cuales todo escritor de buen sentido debe tratar de volver á atraer á nuestro país.» Pero ya que no pensais así, decidme, ¿cuál es el gobierno que hallais bueno?
— Creo que no deberia haber ninguno, señora.
— Vamos, estais mas que nunca de humor de paradojas. Aunque os piqueis, os diré que ostentais una escentricidad de gran calibre. ¿Y el órden social, señor?
— Debe ser el fruto de la civilizacion, y hacer así inútil todo gobierno.
— ¡Qué utopia tan arcádica, Sir George, muy á propósito para regir en los Campos Elíseos! ¿En el oásis de cuál desierto la habeis soñado, ilustrado Platon? Si fuésemos todos buenos cristianos y estrictos observadores de sus preceptos, seria esto dable, pues el gran Bonald ha dicho: El Decálogo es la gran ley política y la carta constitucional del género humano, y dice igualmente el profundo Balzac: «El cristianismo, pero sobre todo el catolicismo, siendo un sistema completo de represion de las tendencias depravadas del hombre, es el mayor elemento de órden social. ¿Pero miéntras?...[10]