— No, Clemencia, — dijo Sir George, tomando á uso de su país la mano de su amiga, que apretó con cordialidad, — creed que el hombre viejo se despoja de su saco impermeable á la puerta de vuestra estancia, y ante vos se presenta el nuevo con su blanca túnica de lino.

— No dudo que sea vuestra intencion, pero...

— ¿Pero?

— ¿Sabeis que dicen los franceses que por mas que se aleje lo que es natural, vuelve á galope? respondió Clemencia.

— ¿Hemos trocado nuestros papeles, Clemencia? ¿Vuélvese la paloma, halcon?

— No; pero la mosca que ve la red, le dice á la araña que la sabe precaver.

— ¿Me haréis arrepentir de haberme mostrado á vos indefenso y desarmado?... ¿me obligais á volver á vestir el arnes?

— ¿Cómo, Sir George, os obligaria yo á cosa que detesto?

— No queriendo abrirme con espansion vuestra alma. Vamos, decidme, ¿qué es lo que vos llamais goces?

— Entre otros muchos, dijo al cabo de un rato de silencio Clemencia, los que están al alcance de todos son los que brinda la naturaleza. Mirad esas nubecillas blancas y brillantes, tan suaves que el aire les da formas, y un soplo las guia. Mirad esas flores, que participan del suelo que les da jugo, y del sol que les da fragancia, como el hombre comunica con la tierra y con el cielo; ved esos lejanos horizontes en que se esparce, y esos otros de limitado espacio en que se concentra el alma; ved esas aguas, ora corran alegres, ora duerman tranquilas, siempre brillantes como lo que es puro, siempre transparentes como lo que es sincero; ved ese mar, que anonada en su inmensidad y fuerza la pequeñez y debilidad del hombre y sus obras...