— No prosigais, dijo Sir George, no prosigais, Clemencia. He recorrido los Alpes, los Andes y el Bósforo; he visto el Gánges, el Niágara, el Rhin; he cruzado el mar Pacífico, el Atlántico y el del Sur, y en ellos observado sus tempestades y sus fenómenos, y nada de todo esto he podido admirar gozando; nada en relacion con mi íntimo sentir: solo ha surgido en mí este pensamiento: ¡Qué de afectacion hay en los poetas!

— ¿Y los goces de la familia? preguntó Clemencia, sin querer darse cuenta del por qué su corazon se le oprimia.

— Sabeis, respondió sonriendo Sir George, que soy soltero, pues los hombres no se deben casar hasta que tengan mucha esperiencia del mundo y de las cosas.

— ¿Es esta esperiencia mucho mas necesaria á los casados que á los solteros? preguntó Clemencia.

— Sin duda: los franceses, que confesamos son nuestros maestros en todo, han marcado bien esto, llamando al casamiento hacer un fin.

— Esto es: cuando la juventud se va y entran achaques, escoger una jóven que empieza á vivir, por enfermera, ¿no es esto?

— Así es: cuando no se puede ser otra cosa mas divertida, se hace uno padre de familia.

Clemencia sintió partirse su corazon con cuanto agudo tiene el dolor y amargo la humillacion; pero volvió sobre sí y siguió preguntando:

— ¿Pero no teneis madre?

— ¡Ah! sí.