— ¿Y no la amais?

— Lo mismo que ella á mí.

— ¿Y dónde está?

— No sé, creo que viaja ahora por Italia.

— ¿Y padre?

— Mi padre, que era general, murió en la India, despues de robar á Tipoo-Saib una inmensa fortuna.

Un vivo carmin subió al rostro de Clemencia á pesar suyo. Nunca era bella ni honorífica una fortuna de pillaje, por mas que lo autorizasen las bárbaras leyes de la guerra; pero oir calificar á un padre por su hijo de ladron, era una despreocupacion que llenó de espanto á la sencilla Clemencia.

Sir George prosiguió sin notarlo:

— Un brillante estraordinario que llevaba Tipoo-Saib en el puño de su sable, me cupo en herencia; no sé que hacer con él, ni sé si mi ayuda de cámara me lo habrá robado: si lo encuentro, ¿querréis, Clemencia, admitirlo como una pequeña memoria de un amigo?

— Gracias, respondió Clemencia: aprecio poco toda memoria de un amigo que no queda en el corazon.