— Mirad que os lo ofrezco, como dicen los franceses, de muy buena voluntad, en vista de que no me sirve; tomadlo para engalanar con él una de las Vírgenes de vuestra devocion: así cuando oreis y la contempleis, os acordaréis de mí, Clemencia.

— Sir George, sin ser gazmoña, os diré que hablais con irreverencia.

— Tomadlo al ménos como una imágen de vuestro corazon, pues es tan bello, tan puro, tan apetecido y tan imposible de ablandar como él.

— Conservadlo vos, respondió Clemencia riendo, miéntras se parezca á mi corazon.

— Recibidlo, os lo suplico, insistió Sir George, como imágen de la firmeza, de la constancia y del fuego del amor que me habeis inspirado; ya que este rechazais, conservad al ménos su imágen.

— Dejemos esto, Sir George, dijo severamente Clemencia, pues hasta la voz regalo me desagrada, y si no fuera por no parecer orgullosa, diria que me humilla. Volvamos á anudar el hilo de nuestra conversacion.

— Sí, sí, hablemos de goces, aunque en esta conversacion alterne yo como el ciego en la de los colores. ¿Qué mas goces hallais vos? Veamos.

— Muy dulces en la amistad. ¿No teneis amigos?

— Sí, en el parlamento, en la embajada francesa, un cardenal en Roma, un gran señor turco en Constantinopla, y D. Galo Pando, porque lo es vuestro; pero Clemencia, francamente, ninguna de estas amistades me ha proporcionado ningun goce.

— ¿No habeis, pues, podido prestar servicios á ninguno de ellos?